martes, 28 de abril de 2015

A orillas del Muni; entrevista con Javier Reverte (una entrevista de Enrique Gutiérrez Fraile).




El Estuario del Muni lo forma la confluencia de la desembocadura de los ríos Congüe, Mitong, Utamboni y Mbañe. Traza la frontera entre Guinea Ecuatorial y Gabón, en el corazón del África Ecuatorial. Describir su belleza me resulta casi imposible. Tampoco creo que con una imagen fotográfica se pueda hacer justicia a lo que se presenta ante nuestros ojos.
Aprovechando la necesidad de suministros para el proyecto de cooperación que la Asociación Africanista Manuel Iradier desarrolla en el distrito, hemos ido en cayuco a Cocobeach, en Gabón, en la otra orilla del estuario. Hemos visitado los islotes de Elobey Grande y Chico, donde el explorador vitoriano Manuel Iradier estableció su campamento base para sus exploraciones a finales del siglo XIX.

Estuario del Muni

Tras una fatigosa jornada, estamos ahora sentados a orillas del Muni. Atardece y el Sol se va poniendo al otro lado del río. Abajo, algunos cayucos salen a pescar y otros llegan con pasajeros desde Cocobeach y Akelayong. Tomamos un “contrití”, acrónimo de “country tea” en pichi, una infusión local. Los lugares que recorrió Iradier están a la vista, Punta Botika, Punta Yeke, el Congüe, las Elobeyes…
Javier, ¿Cómo empezó tu particular “Sueño de África?” 
Pues empezó en la infancia, cuando siendo un chico de la cutre postguerra, la manera de escapar de la tristeza no era otra que ir al cine a ver películas del Oeste de John Ford o leer libros de aventuras en Alaska, África, los Mares del Sur. Esas narraciones te hacían soñar con un mundo menos opresivo. Aunque yo no sabía mucho de política, me sentía oprimido por los colegios de curas y por tanta prohibición y normas absurdas que el alma de un niño no puede comprender. Esos libros, los de África en particular -Tarzán de los Monos, los libros de caza de John Hunter y ya en la adolescencia Hemingway- me hacían soñar con otros paisajes y otra vida. De ahí el título del libro. Luego, se trataba de cumplir esos sueños, una de las pocas tareas que merece la pena en esta vida.
La historia de las exploraciones europeas en África, precursoras de la evangelización, colonización y explotación, siempre me ha fascinado. Se estaban trazando los mapas del interior del “continente misterioso”. Burton, Specke, Livingstone, Stanley..
¿Quién fué, a tu parecer, el explorador africano por excelencia?
Hay tres: David Livingnstone, que fue a convertir almas y se transformó en el adalid de la  lucha contra la esclavitud; Pierre Savorgnan de Brazza, por su honestidad, que enamoró a los propios africanos, y además por sus cualidades de gran explorador; y Joseph Thompson, que cruzó a pie el País Masai apenas sin armas.
Este último es el menos famoso y el que, quizás, más me gusta. Y me gusta, sobre todo, porque no era un hombre ambicioso ni pretendía probar nada ni ganar celebridad. Simplemente trataba de demostrar, por encargo del gobierno británico, que el supuestamente peligroso territorio Masai no lo era tanto y que, si uno viajaba sin ánimo de lucro, podía llegar a acuerdos con los clanes y alcanzar el lago Victoria sin problemas. Thompson murió a su regreso a Gran Bretaña, víctima de la malaria, y poco antes de morir dijo: "Si pudiera levantarme y ponerme las botas, volvería a África para vagar sin rumbo. No soy un explorador, ni un militar, ni un empresario..., soy solamente un vagabundo". Mi libro "Vagabundo en África" se inspira en esa frase.

La localidad de Cogo, en la orilla del Muni


En ese libro nos llevas por el Congo tras los pasos de Conrad, en busca del Horror. La historia del Congo es realmente dramática y sigue siéndolo hoy en día.
La historia del Congo -el antiguo "belga"- es una  historia atroz. En los días de Leopoldo II de Bélgica, a finales del XIX y principios del XX, se convirtió en el episodio colonial más depravado. Los agentes de Leopoldo obligaban a los nativos a hacer trabajos forzados y los mutilaban o ejecutaban si no cumplían con los obligatorios cupos de producción. Conrad, que viajó allí contratado por los belgas, quedó espantado ante lo que vio y escribió un maravilloso y terrible libro sobre ello, "El corazón de las tinieblas". Quien quiera saber qué fue el África colonial debería leerlo.
En el origen de esta tragedia, Stanley, el explorador, tiene un importante papel. ¡Qué personaje, este Stanley!
Era un tipo tan cruel como genial. Escribía, además, muy bien, como un gran reportero, pero pasaba por encima de quien fuera con tal de lograr sus objetivos, era implacable. Me gusta poco. Y a los africanos les gustaba menos, pues les trataba como a esclavos y parece que llegó a matar a algunos de sus hombres cuando consideraba que no hacían bien su trabajo. Nada le recuerda en África, ni un solo nombre, en tanto que los africanos han respetado la memoria de Livingstone y de Brazza.
Tu experiencia en el Río Congo también fue sobrecogedora
Fue la ocasión en que más cerca he estado de la muerte, o al menos así lo sentí. Y eso me enseñó a apreciar más la vida. Morir es gratuito y muy sencillo y, en el fondo, somos tan frágiles como los insectos.
Las historias de las exploraciones van casi siempre unidas a los grandes ríos. También en tu obra literaria los ríos están siempre omnipresentes, como si tuvieran su propia vida. Entre todos, el Nilo, cuna de civilizaciones y origen de misterios insondables desde tiempos de Ptolomeo
Más que un río, el Nilo  es un mito. Nace de "las bocas del cielo", así lo señalaban los antiguos egipcios. Y  es un río "madre", en la medida que va pariendo huertas y creando vida en medio de los desiertos. Es un río lleno de literatura y de  historia.
Contemplando el estuario no podemos dejar de pensar en Iradier. Tras entrevistarse con Stanley en Vitoria se lió la manta y con su mujer y cuñada, y grandes dosis de osadía y escasos medios, se vino a explorar esta zona.
A Iradier lo considero un adelantado de su tiempo, un español que, en un país de poca monta y en plena decadencia, se propone convertirse en explorador y traerse para España una parte del "pastel" de África. Hay que decir en su descargo que él era un hombre de su tiempo y que, como todos los europeos, consideraba el continente como un territorio de reparto para los imperios coloniales. Pero creo que siempre puso por delante su interés científico al de apropiación.
Otros exploradores españoles, como Iradier, han pasado al olvido. Me vienen a la memoria Pedro Páez, Ali Bey
Ali Bey y Pedro Páez me sorprenden. Tanto por cu capacidad intelectual -eran más curiosos que imperialistas- como por su imponente valor. Páez fue el primero en llegar al Nilo Azul y Bey, mucho antes que Speke y Burton, tenía en la cabeza dirigirse a unos supuestos lagos del interior en donde él creía que nacía el Nilo Blanco, o sea: el Nilo total. No llegó porque le mataron las fiebres. Si llega hacerlo, tendríamos en la nómina de exploradores a los dos descubridores del Nilo. Imagina a partir de ahí: un catalán, Bey (o Domingo Badia, que tal era su nombre); un madrileño, Páez; un vasco, Iradier; y un andaluz, Yauder Pachá (llamado por otros, Joder Pachá), el mercenario que conquistó Tombuctú para el sultán de Marruecos. Eso sí que sería una España magnífica, unida por la aventura; no la de las banderas.
Decían que Ali Bey era espía de Godoy.
Era, sobre todo,  un liante. Pretendía irse de viaje, explorar y tener experiencias por el Norte de África. Y lió a Godoy haciéndole creer que podía viajar a aquellas regiones y provocar un levantamiento en favor de España para adquirir nuevos territorios. Todo era un camelo. A Napoleón, después de la Guerra de la Independencia, cuando se tuvo que exiliar en París por afrancesado, le  hizo lo mismo en su segundo viaje, en el que murió de fiebres.
De Páez se creyó durante mucho tiempo que era portugués hasta que tú, en tu libro “Dios, el diablo y la aventura” descubres para el gran público su origen español.
 Alan Moorehead lo presenta como portugués en su libro "El Nilo Azul". Pero en otros trabajos menos conocidos, se dice ya que era español y natural de un pueblo que hoy forma parte de la Comunidad de Madrid, Olmeda de las Fuentes, llamado entonces Olmeda de la Cebolla, un nombre mucho más bonito.
¿Para cuándo una edición en español de su obra?
La edición española la está preparando la Fundación Al-Andalus, de Granada,  que curiosamente dirige un amigo mío que se llama Jerónimo Páez. No, no es pariente..., porque el jesuita Pedro Páez no dejó descendencia, que se sepa. No sé cuándo saldrá el libro. Lleva más de un año traduciéndose. Páez lo escribió en portugués porque era un informe para sus jefes jesuitas  de Goa, que eran portugueses.
En el contexto africano has cultivado también la novela. “El médico de Ifni” es un ejemplo. Además, relacionado con una excolonia española. Ahora veo que escribes y escribes mientras recorres el Río Muni.
Guinea siempre me ha interesado como paisaje para una narración, porque es parte de nuestra historia  y se ha escrito muy poco sobre ello. Tenía ganas de venir y hacer un libro. Y lo haré. Cogo, en particular, me ha parecido un lugar muy peculiar y atractivo, perdido en un rincón de África, lleno de belleza y drama. Es el espacio ideal para una novela. A ver qué tal sale.
Eres miembro de la Asociación Africanista Manuel Iradier. Hemos podido ver los proyectos que estamos desarrollando en el Estuario del Muni. Ahora que la gente se cuestiona la auténtica finalidad de algunas ONGs ¿Qué te parece lo que has visto? ¿Cómo ves la herencia de Iradier?
 Con las ONG pasa como con todo, unas están muy bien y otras son una patochada. La  Asociación Africanista me parece ejemplar: porque trabaja con los medios que tiene a su mano dándolo todo en un distrito, Cogo, en  el  que no hay nada. Si la Africanista se fuera, ¿qué quedaría aquí? En cuanto a la herencia de Iradier, es la mejor posible. El nació en tiempos de expansión colonial y de conquista, pero también de investigación exploradora y científica. Ahora son días de solidaridad. Supongo que se sentiría orgulloso de vivir hoy.
Enrique Gutiérrez Farile y Javier Reverte


El Sol cae súbitamente en estas latitudes, como una cortina que se corre de repente. Pasamos del día a la noche cerrada en apenas quince minutos. El sonido de los insectos se apodera del ambiente y nosotros nos retiramos huyendo de los molestos y peligrosos mosquitos. A lo lejos suena un tam tam, la secta del M’buti comienza su ceremonia iniciática. Pero eso es ya otra historia.
Enrique Gutiérrez Fraile
Asociación Africanista Manuel Iradier

sábado, 22 de noviembre de 2014

La guerra de los indios invisibles





Quien más y quien menos ha oído hablar de Gerónimo y su partida de 100 guerreros chiricauas y del conflicto que mantuvieron con el ejército de los EE.UU. a fines del siglo XIX. Muchos creyeron que fue la última guerra india desde que Colón plantó los reales en La Española, en 1492; se equivocaban, porque otros pueblos han resistido al invasor después de que lo hicieran los apaches. El último de estos pueblos es el huaorani, dos de cuyos clanes, los tagaeri y taromenane resisten en las selvas del este ecuatoriano, en un extenso territorio que abarca partes del Parque Nacional Yasuní, en las provincias de Pastaza y Orellana. Son pueblos en aislamiento voluntario y atacan con sus temibles lanzas de chonta a todos aquellos que violan su territorio.




Un hombre perteneciente a los huaorani de comunidad Bameno, caza un pecarí (Foto: Miguel Gutiérrez).

En realidad, su ferocidad responde a las continuas agresiones que sufren del hombre “civilizado”. En 1987 la muerte del Obispo Alejandro Labaka -que trató de interceder entre las petroleras y los miembros de esta tribu por el bien de todos- a manos de los tagaeri atrajo la atención mundial sobre el problema. La opinión pública obligó, por fin, a implicarse al Gobierno de Ecuador, que creó las zonas protegidas para que los indígenas pudieran vivir en paz. En 1999 se crea, bajo decreto ejecutivo, la Zona Intangible dentro del Parque Nacional Yasuní. Se trata de una extensa zona donde está prohibida la entrada salvo para los huaorani de clanes pacíficos que habitan en los ríos y que, de tanto en tanto, permiten la entrada a algún turista.
Hoy la situación ha dado un vuelco para peor. Estos grupos -que suman menos de 300 personas- han sido víctimas de repetidas matanzas por parte de militares, colonos, indígenas kichwas e incluso miembros de otros clanes huaorani. En 2003, por ejemplo, un grupo mixto de colonos y huaorani asesinó a unos 30 miembros de una familia tagaeri-taromenane. Estos se vengaron el 10 de agoto de 2009, cuando mataron a lanzazos a Sandra Zabala y sus hijos Bairon y Tatiana Duche, de 16 y 11 años, en la aldea de Reyes. Casi a la vista de esta aldea situada en el límite de la selva, en la comunidad huaorani de Jagüepare, vive Tepa, la hermana del desaparecido Tagae, el jefe tagaeri que empezó la guerra. Tepa es una nonagenaria que habita desde hace décadas entre los pacíficos huaronani y ya sea integrado entre ellos, aunque muchos sospechan que todavía manetiene contacto con los intangibles. Ella me explica que en el lugar donde se fundó Reyes había un cementerio tagaeri, y que, debido a ello, estos acuden al lugar de tanto en tanto. “Cuando sucedió lo de Reyes la gente vino y me echó la culpa de todo. Me acusaron de ayudar a los tagaeri, de ser su cómplice. No era cierto. No se dan cuenta de que ellos no distinguen entre los que les matan y los inocentes. Para ellos todos somos enemigos “kowode”, <<comegente>>”.

 
Charlando con Tepa y sus nietas (foto: Miguel Gutiérrez).

Muerte bajo los árboles
Durante semanas he recorrido las aldeas de la carretera conocida como “Via Auca” que bordea la Zona Intangible y descendido en Kayak por los ríos, Shiripuno, Cononaco, Tiguino y Cuchillacu, en cuya selva se esconden los temibles “intangibles”. En las riberas de estas corrientes encuentro testimonios sobre el goteo de muertes que acoge el cogollo de la selva. En la comunidad de Ñoneno, en el Shiripuno, Manuel-Huane, un jefe huaorani de 64 años, me cuenta sus vivencias. Ha trabajado en décadas anteriores para petroleras y como maderero ilegal. En abril de 2006 llegó a un campamento de madereros situado en el río Cononaco Chico, para abastecerlo de víveres con su canoa a motor. Descubrió que lo habían saqueado; dos de los leñadores –William Angulo y Willmer Moreira- yacían heridos, alanceados entre los restos (Angulo moriría poco después). Dos años después el propio Manuel fue emboscado y herido, mientras cortaba un tronco atravesado en el río Shiripuno. “Tras sentir el lanzazo en la espalda, me tiré al agua y conseguí alcanzar la otra orilla. Mis atacantes se contentaron con saquear la canoa y no me siguieron, pues no saben nadar”. Estas experiencias y el miedo de Manuel a que los tagaeri atacaran su aldea le movió a adentrarse en la selva en su busca. Acompañado de tres guerreros huaroani más jóvenes, tras doce horas de marcha desde Ñoneno llegó a una maloca donde habitaba una familia tagaeri.

El río es la casa de las comunidades de huaorani contactados (Foto: Miguel Gutiérrez).


 “Les espiamos desde la espesura durante unas horas –relataba Manuel-. Para evitar que nos atacaran, cogí a un niño como rehén y me acerqué a parlamentar con el jefe, un hombre muy corpulento y muy bravo, barbudo y con el cabello largo hasta la cintura. Al vernos con botas de goma, ropas y escopetas, las mujeres gritaron alarmadas <<Cowode>>. Les enseñé mis orejas (Huane tiene, como otros huaroani, las orejas agujereadas) y les dije en huaroani que no somos cowode, sino de su misma raza. Que vivimos mezclados con los cowode y que ya no hay guerra entre nosotros, que pueden salir de la selva y dejar de matar”.
Como respuesta, el jefe le dijo a Huane que se fuera y no volviera nunca, o le matarían. Que no quieren salir y que atacarán a los cowode (y al resto de huaorani) “por talar los bosques, hacer ruido y por la matanza perpetrada en 2003 cerca de Mencaro”. Gracias a Huane sabemos además que los tagaeri se han fusionado con otro clan intangible, los taromenane, y que ahora forman una única e irreductible familia.


 Futuro desalentador
Pero si la situación no cambia, estas tribus pronto desaparecerán, porque el goteo de muertes continúa. El pasado 5 de marzo, los intangibles asesinaron a lanzazos a un matrimonio cerca de las aldeas de Yarentaro y Dikaron. Miembros de esta comunidad respondieron y mataron a decenas de tagaeri-taromenane en un lugar indeterminado al final de la via Repsol, como se conoce a la carretera abierta en la selva por esta petrolera. Durante la acción, los asesino llegaron a capturar, incluso, a dos niñas. Sobre el particular, el capuchino español Miguel Ángel Cabo de Villa, uno de los mayores expertos mundiales en estas tribus, denunciaba en el diario Universo: “No es serio ese lamentable espectáculo de disimulos y torpezas en autoridades de tan alto cometido. ¡El fiscal general revelando posibles envenenamientos, diciendo que de la matanza nada se sabe y, el mismo día, un muchacho huaorani confesando en la televisión: sí, mi papá ha intervenido en la matanza, ¡han matado a bastante gente! El fiscal de Coca anunciando, como para amedrentar, la convocatoria a testimonio de dirigentes huaorani y otras personas, que tuvieron el coraje de reconocer públicamente la existencia de la horrible matanza, ¡y ninguna autoridad le reclama a él por su ineficacia! ¡Pero si tiene ahí a las muchachas, si todos saben, en Yarentaro o Dikaron, quiénes intervinieron en el exterminio, ¡si la gobernadora se fotografió con ellos! El fiscal haría bien investigando en Coca –ya que los funcionarios de Justicia no se enteraron con antelación, como era su cometido– cómo se organizó la expedición mortífera, dónde y a quién compraron las armas, quiénes les ayudaron en una cosa que quizá no fue venganza tribal”.


La enorme extensión del bosque del Yasuní solamente se aprecia desde el aire (Foto: Miguel Gutiérrez).


Mientras sobrevolamos la “Zona Intangible”, Diego, piloto de la compañía Aero-Regional y el único que sobrevuela el territorio, me habla de los tagaeri-taromenane. “Antes veía con frecuencia sus chozas, junto a pequeñas huertas de yuca, pero hace tiempo que no me topo con ninguna. Algunos dicen que han hecho cabañas más pequeñas para ocultarse, otros creen que han sido exterminados por mercenarios o por guerreros huaorani pagados por los chinos”. Ahora operan en Ecuador petroleras chinas, mucho más agresivas que las occidentales. En la ciudad de Coca, los capuchinos me pintan un futuro muy negro para los invisibles. “El anterior Ministerio de Medio Ambiente de Ecuador se implicó mucho en su conservación. Pero ahora –aseguran los misioneros- han sido depuestos todos, porque los chinos están poniendo mucho dinero para montar un nuevo pozo en el bloque Armadillo, en pleno territorio Tagaeri. Los ríos ya están contaminados, y hay rumores de matanzas bajo los árboles”.
En julio de 2013 la administración ecuatoriana fallará el concurso de ofertas para nuevas prospecciones sobre más de dos millones de hectáreas en esta región. Se calcula que la zona por explorar tenga reservas para entre 369 y 1.597 millones de barriles de crudo. Desde ONGs y agrupaciones indígenas, no obstante, la contestación al proyecto es férrea. Conocen bien las consecuencias de esta explotación del combustible fósil. Desde que las petroleras empezaron a trabajar en la zona, en los años 40, el cambio ha sido traumático y de difícil vuelta atrás para colonos, intangibles y miembros de las comunidades achuar, andoa, shuar, kichwa y shiwiar. Solamente la compañía Texaco-Chevron, que explotó el subsuelo de la zona entre 1964 y 1990, causó la contaminación de amplias regiones. La economía y salud de 30.000 vecinos, indígenas y colonos, se vieron seriamente dañadas.

El Jefe de la comunidad Bonamo, Omahiue, está muy orgullloso de su nueva pista de aterrizaje (foto: Miguel Gutiérrez).


El futuro para estas gentes es desalentador. El 40% del presupuesto del Estado Ecuatoriano depende de la venta de crudo. Además el país está seriamente endeudado y necesita ampliar la producción para contentar a los acreedores, entre los que destaca una vez más China. La única esperanza para la región parte del llamado Proyecto Yasuní-ITT. Esta propuesta pretende resguardar el Parque Nacional, el de mayor biodiversidad del planeta. Para ello, la comunidad mundial se comprometería a aportar 350 millones de dólares a Gobierno Ecutoriano para dedicarlos al suministro energético y la reforestación de la zona. Cuando se elaboró el proyecto no contaban con un factor decisivo y poco halagüeño: una crisis global que no deja margen para invertir en lo único que importa. De lo que suceda este verano dependerá la supervivencia de los indígenas intangibles y de todo el parque del Yasuní.

La historia de los “Indios blancos”
Conocidos popularmente como aucas (“salvajes” en lengua quichwa), los huaorani saltaron a la palestra informativa cuando sus guerreros asesinaron a cinco misioneros americanos en 1956. Hostilidad que se recrudeció dos décadas más tarde debido a la invasión de su territorio por compañías petroleras y colonos pobres, que, de tanto en tanto, asesinan impunemente a hombres, mujeres y niños.

La fama de los últimos indígenas libres de América ha alcanzado difusión mundial e inspirado filmes como “La selva Esmeralda”, “Jugando en los campos del señor”, “El Holocausto Caníbal” o “El fin del espíritu”. Los conocemos en España gracias a magníficas crónicas que –en los años 70 y 80- firmaron periodistas como Miguel de la Quadra Salcedo y Alberto Vázquez Figueroa, que les dedica una de sus novelas, “Tierra Vírgen”.

Kaiga Bahiua me explica cómo guerrean los tagaeri con sus lanzas de chonta: "las de ellos son el doble de grandes -me asegura- porque esta es de caza y no de guerra".


Víctimas de los caníbales
Los colonos que viven en los límites de su territorio les apodan “patas coloradas”, por su costumbre de pintarse con ocre las pantorrilas; otros les dicen “indios blancos”, porque, al refugiarse bajo la espesura, hurtan sus cuerpos al sol, mostrando una palidez característica. Viven de la caza y de la pesca y de pequeños huertos donde cultivan yuca. Acostumbrados a largas marchas por la selva, su vigor es legendario. Son maestros en la preparación del mítico veneno del curare, que impregnan en dardos para cerbatana. Para pelear utilizan largas lanzas de chonta, que decoran con plumas y, recientemente, con bolsas de plástico. Se valen de la sorpresa y atacan preferiblemente por la espalda. Cuando matan, someten a sus víctimas al rito de las lanzas –en el que participan incluso niños pequeños- que consiste en dejar el cuerpo del enemigo como un alfiletero.
Hace dos siglos los huaorani eran numerosos y vivían en paz. Pero desde el advenimiento de la fiebre del caucho han sido perseguidos hasta su casi total extermino. En sus tradiciones orales ellos cuentan que los “cowode”, o “comegente” una raza de caníbales desaprensivos, les persigue sin descanso para devorarlos; es como nos llaman a los “civilizados”, que solamente les hemos deparado tristeza y muerte. 




Miguel Gutiérrez-Garitano 2012

martes, 18 de noviembre de 2014

La tumba perdida de Alejandro Magno



¿Quién no ha soñado con momias y tumbas perdidas? Los niños en sus juegos y los adultos en sus ensoñaciones se han ataviado de sesudos arqueólogos dispuestos a desentrañar los misterios de la antigüedad. Y ninguno como el que atañe a la tumba y al cadáver de Alejandro Magno. No hay descubrimiento de tumba antigua que no sea anunciado como el posible lugar de descanso del gran general macedonio. Aunque la mayoría de estos anuncios responden a intentos de los propios arqueólogos por acaparar los titulares de los medios de comunicación. Ayer mismo, sin ir más lejos, se hizo público el descubrimiento en una necrópolis de Anfípolis (cerca de Tesalónica), de una tumba macedonia oculta, ya saqueada, que "perteneció a un guerrero macedonio importante, tal vez un héroe, y que podría tratarse de la tumba del gran conquistador". como única prueba, sin duda endeble, es la datación, ya que sería una tumba de 325-300 A. C. y el general macedonio falleció en el 323 A.C. A pesar de todo, se trata de un gran descubrimiento, pues en la tumba hay restos óseos y restos de un ataud y un mosaico; y está rodeada de un muro de mármol de 500 metros y precedida de dos esfinges. No parece, no obstante su valor, que los huesos descubiertos sirvieran en su día para sostener los músculos del más indómito guerro de la historia...
La noticia, no obstante, se engarza en una larga cadena cuyos eslabones conforman una historia, la de la búsqueda de la tumba y el cadáver del héroe, que ha deparado algunas de las aventuras más sugerentes de la historia de la Arqueología.

Las conquistas de Alejandro le llevaron desde Grecia hasta La India.


Contaba Plutarco en sus “Vidas paralelas” que Alejandro, antes de ser conocido como Magno, aseguró a su padre Filipo II (a la sazón rey de Macedonia), que era capaz de domar a un caballo que nadie había sido capaz de doblegar. Cumplió su promesa y su progenitor, emocionado, besó su cabeza y le obsequió con la consabida frase: “busca, hijo mío, un reino igual a ti, porque en Macedonia no cabes”. Pocos en la historia pueden presumir de una vida tan frenética como la del más famoso conquistador de la antigüedad, Alejandro III El Magno. A los treinta años ya se había convertido en un dios para los suyos y controlaba con mano de hierro un imperio que se extendía desde Grecia hasta India. Derrotó y subyugó a las naciones más poderosas de su tiempo y cumplió el sueño de su padre, pionero en la idea de anexionar el imperio persa aqueménida.
         La fama del general macedonio –sobre cuya figura se espera el estreno este año de un biopic fraguado por Oliver Stone- ha permanecido intacta. Tras 700 años custodiado en un mausoleo de Alejandría, el “Sema” (que era el sepulcro de los miembros de la dinastía Ptolemaica), su cadáver desapareció para siempre. Unos creen que fue destruido, otros lo sitúan en Siwa -aldea fronteriza entre Libia y Egipto- o en alguna oscura fosa enterrada en la ciudad del faro y la gran biblioteca. Las hipótesis al respecto son numerosas y muy dispares, incluso osadas. Pero ninguna como la propuesta por el historiador británico Andrew Chugg, que sostiene que la conocida tumba de San Marcos en Venecia podría contener en realidad los restos del rey macedonio. Las conclusiones de su estudio aparecieron en su libro, “La tumba perdida de Alejandro Magno”, que ha dividido a la comunidad científica.

Para muchos Alejandro es el mayor general de la historia.


 “Alejandro ha sido a menudo comparado con otros grandes generales de la historia, como Aníbal o Napoleón. Sin embargo, el Macedonio combatía en primera línea”. Estas palabras de Fernando Quesada  Sanz, profesor de Historia Antigua de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), explican la adoración que sentían los macedonios por el guerrero que les llevó al paroxismo de la conquista. Soberano ya de toda Grecia, cruzó el Helesponto –actual Dardanelos- y venció a los persas en los enfrentamientos sucesivos del Río Gránico e Issos, donde derrotó al mismísimo rey de Persia Darío III. Más tarde se desvió hacia el sur y tomó Fenicia y Egipto. En este país tuvo noticia del enorme ejército que había levantado el soberano persa en un último intento de defender su reino. Ambos líderes se enfrentaron en la llanura de Gaugamela, junto al río Tigris. De esta batalla dice Quesada Sanz: “La victoria de Alejandro fue completa. Al final, Darío era un fugitivo sin capacidad de recuperar su reino y poco después moría asesinado.” Aplastadas las esperanzas del otrora gran Imperio –que en aquella época abarcaba desde la actual Turquía hasta India occidental- Alejandro se lanzó a una febril carrera de ocupación que culminó más allá del río Indo. Cuando por fin frenó su avance –forzado por sus propios soldados, que se amotinaron- las grandes naciones de su época se hallaban bajo su soberanía.

 
Julio César peregrinó, como muchos otros jefes romanos, a la monia de Alejandro.



Pero detrás de la figura del macedonio hubo más que un militar. Destacó como paladín del Panhelenismo y fundador de ciudades a las que puso su nombre. Amante de juergas etílicas proclamó en el oasis egipcio de Siwa su condición de deidad viva. “Su genealogía le hacía entroncar con dos linajes divinos en cuya raíz estaba Zeus, el dios supremo: el de Aquiles, por parte de su madre Olimpíade; y por línea paterna, la dinastía macedonia de los Argéadas, consideraba a Heracles su antecesor divino”, comenta Manuel Bendala Galán, catedrático de Arqueología de la UAM, que explica la autodivinización de Alejandro como un “afán de elevar el poder personal al nivel de autoridad absoluta, punto de apoyo inmejorable al sueño de un imperio universal.”

En 2005 el rotativo británico “The Independet On Sunday” se hizo eco de una desconcertante noticia. Andrew Chugg, autor de numerosos estudios sobre Alejandro Magno, proponía que la tumba de San Marcos en Venecia podría contener, en realidad, lo restos, no del supuesto evangelista, sino del legendario guerrero macedonio.
Tras fallecer debido a una extraña enfermedad a los 32 años, el cadáver del militar fue trasladado a Alejandría. Allí descansó durante siglos, hasta que a fines del siglo IV D. C., se pierde su pista. De esta época data el discurso en el que San Juan Crisóstomo (347-407), obispo de Constantinopla, preguntó a sus fieles. “Decidme, ¿dónde está el “Sema” de Alejandro?. Nadie podía responderle, circunstancia que el clérigo sabía de sobras. Con su perorata solo quería mostrar la futilidad de la vida mortal, incluso para los más grandes de la historia. Pero de sus palabras se desprende que el sepulcro ya no existía.

En este mosaico Alejandro vence a Darío en la batalla de Issos.


 Según Chugg, el cadáver del guerrero fue disfrazado de San marcos para evitar su destrucción durante las insurrecciones cristianas que marcaron el triunfo del Cristianismo y que en Alejandría fueron excepcionalmente violentas. “Existe una gran posibilidad de que alguien de la jerarquía eclesiástica, incluso el propio Patriarca, decidiera hacer que los restos de Alejandro pasasen por los de San Marcos. Además, ambos cuerpos fueron momificados con lino y uno desapareció al mismo tiempo que apareció el otro”, aseguraba el historiador británico. De hecho, detalles de la vida del autor del evangelio más antiguo (el segundo según la tradición cristiana) aparecen en el Nuevo Testamento y en  Lucas (10;1) que lo muestran como discípulo de San Pablo (en realidad lo fue de San Pedro) y compañero de este en su viaje a Antiqoquía. La tradición dice que fundó la iglesia de Alejandría y que un 25 de abril (durante el reinado de Nerón para unos y de Trajano para otros) fue sometido a martirio y asesinado por los paganos, que recelaban de sus éxitos evangelizadores. Sus supuestos restos reposaron en la iglesia del Cánopo de Alejandría hasta que dos mercaderes (la leyenda sitúa la acción en el año 828) los trasladaron a Venecia, donde hoy se les rinde culto. Según Chugg la única manera de salir de dudas y desenredar el enigma, consiste en exhumar los restos que descansan en la basílica de Venecia de cara a analizar su ADN. El descubrimiento en 1977 por arqueólogos griegos de la tumba intacta de Filipo de Macedonia (donde se halló el esqueleto de este), padre de Alejandro, facilita la comparación genética y, a través de ella, la constatación o el rechazo de la hipótesis planteada por el estudioso británico. Sea como sea, como dice Bengala Galán, “si alguien reinó después de morir, ese fue Alejandro de Macedonia, eterno en su dimensión de personaje histórico y de leyenda”.

Altar mayor de la catedral de San Marcos, cuyos restos, según Chugg podrían pertenecer al gran macedonio.


Desde su muerte en Babilonia los restos del discípulo de Aristóteles permanecieron dos años en la capital conservados en miel. Después, Perdikkas, el más fiel de sus generales, organizó una fastuosa procesión para transportar los restos mortales a Aigai –actual Vergina- sepultura tradicional de los reyes de Macedonia. Ptolomeo, sátrapa de Egipto, ordenó asaltar la caravana funeraria y sepultó los restos de su antiguo líder en la antigua capital de Egipto, Menfis, que, según Curtio Rufo (autor que vivió en el siglo I A.C.) los albergó “pocos años”. Ptolomeo II, sucesor del general de Alejandro, trasladó la momia a Alejandría, donde descansó en un sarcófago de oro en el mausoleo que construyó este soberano para los restos de sus predecesores: el “Sema”. Durante siglos, la tumba fue objeto de culto y a ella llegaban gentes de muchos países para venerar al gran guerrero. Uno de los que visitó el lugar fue el geógrafo griego Estrabón (del siglo I A.C.-I D.C.),  por el que sabemos que Ptolomeo X (117-81 A. C.) sustituyó el ataud de oro por otro de “vídreo” (alabastro). Para los emperadores romanos el sepulcro del Argeada se convirtió casi en una peregrinación obligada. Julio César y Augusto –que rompió la nariz de la momia al besar su rostro- fueron los primeros en honrar al héroe y Calígula sustituyó la coraza que vestía este por la suya propia. Harto de profanaciones, Septimio Severo ordenó sellar la tumba. El último soberano de Roma en agasajar a Alejandro fue Caracalla, que, según los cronistas de la época, cubrió el cadáver con su propio manto imperial. Después se hizo un silencio en torno a este asunto que dura hasta hoy. 


Carroza y séquito con los restos de Alejandro magno.

 Nadie –que se sepa- ha vuelto a ver los restos del gran macedonio. Esto no ha impedido a los hombres buscarlo con ahínco. En su legendaria campaña de Egipto, además de la piedra de Rosetta, Napoleón se apropió de un sarcófago de piedra verde con inscripciones jeroglíficas. No obstante, se certificó más tarde su pertenencia al faraón Nectanebo II y la pieza acabó en el Museo Británico.



Restos de tumba de alabastro en Alejandría y sarcófago con la imagen de Alejandro del Museo de Estambul.


A largo del siglo XIX se sucedieron numerosos rumores de escasa credibilidad en torno a la leyenda del cadáver regio. Muchos aseguraron haberla encontrado en Alejandría. E incluso, el descubridor de Troya, Schliemann, se interesó por los huesos del macedonio. Durante el siglo pasado, arqueólogos de todo el mundo emprendieron la búsqueda del “Sema”. La colina de Kom-El-Dick y la mezquita de Nabi Danial fueron los lugares preferidos de estas aventuras arqueológicas y junto a ellas se descubrieron numerosas ruinas antiguas. Pero como dice el arqueólogo griego Harry Tzalas, “las excavaciones han contribuido a aumentar nuestro conocimiento sobre la topografía de la Alejandría antigua y medieval sin resolver el misterio de la localización de la tumba de Alejandro”.

Napoleón ante la esfinge.


En 1995, finalmente, la arqueóloga griega Liana Suvaltzi, protagonizó un incidente que tuvo repercusión mundial, al confundir el Sema con los restos de un templo en el oasis de Siwa. La fascinación por la leyenda de Alejandro no ha disminuido a pesar del tiempo transcurrido y de los escasos resultados obtenidos hasta la fecha. El último en horadar la tierra en pos del mito ha sido Zahi Hawass, secretario general del Supremo Consejo de Antigüedades de Egipto. Valerio Massimo Manfredi, autor de la serie de libros Alexandros, por su parte, protagonizó una investigación que le llevó al descubrimiento en el cementerio de Alejandría de los restos de alabastro de una antigua tumba, que bien podría ser la entrada del sema. Sus conclusiones las publicó en su libro "La tumba de Alejandro", que es además una semblanza inmejorable de toda la historia del héroe muerto y de su tumba. En el año 2000, el autor italiano opinaba: “para Zahi Hawass el descubrimiento de la tumba está cercano. Mientras tanto el misterio en torno al sepulcro continúa”. O tal vez no...


Libros de Anrew Chugg y Valerio Máximo Manfredi, muy recomendables para repasar la fascinante historia de la tumba perdida de Alejandro.