Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Gutiérrez Garitano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Gutiérrez Garitano. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de noviembre de 2014

La guerra de los indios invisibles





Quien más y quien menos ha oído hablar de Gerónimo y su partida de 100 guerreros chiricauas y del conflicto que mantuvieron con el ejército de los EE.UU. a fines del siglo XIX. Muchos creyeron que fue la última guerra india desde que Colón plantó los reales en La Española, en 1492; se equivocaban, porque otros pueblos han resistido al invasor después de que lo hicieran los apaches. El último de estos pueblos es el huaorani, dos de cuyos clanes, los tagaeri y taromenane resisten en las selvas del este ecuatoriano, en un extenso territorio que abarca partes del Parque Nacional Yasuní, en las provincias de Pastaza y Orellana. Son pueblos en aislamiento voluntario y atacan con sus temibles lanzas de chonta a todos aquellos que violan su territorio.




Un hombre perteneciente a los huaorani de comunidad Bameno, caza un pecarí (Foto: Miguel Gutiérrez).

En realidad, su ferocidad responde a las continuas agresiones que sufren del hombre “civilizado”. En 1987 la muerte del Obispo Alejandro Labaka -que trató de interceder entre las petroleras y los miembros de esta tribu por el bien de todos- a manos de los tagaeri atrajo la atención mundial sobre el problema. La opinión pública obligó, por fin, a implicarse al Gobierno de Ecuador, que creó las zonas protegidas para que los indígenas pudieran vivir en paz. En 1999 se crea, bajo decreto ejecutivo, la Zona Intangible dentro del Parque Nacional Yasuní. Se trata de una extensa zona donde está prohibida la entrada salvo para los huaorani de clanes pacíficos que habitan en los ríos y que, de tanto en tanto, permiten la entrada a algún turista.
Hoy la situación ha dado un vuelco para peor. Estos grupos -que suman menos de 300 personas- han sido víctimas de repetidas matanzas por parte de militares, colonos, indígenas kichwas e incluso miembros de otros clanes huaorani. En 2003, por ejemplo, un grupo mixto de colonos y huaorani asesinó a unos 30 miembros de una familia tagaeri-taromenane. Estos se vengaron el 10 de agoto de 2009, cuando mataron a lanzazos a Sandra Zabala y sus hijos Bairon y Tatiana Duche, de 16 y 11 años, en la aldea de Reyes. Casi a la vista de esta aldea situada en el límite de la selva, en la comunidad huaorani de Jagüepare, vive Tepa, la hermana del desaparecido Tagae, el jefe tagaeri que empezó la guerra. Tepa es una nonagenaria que habita desde hace décadas entre los pacíficos huaronani y ya sea integrado entre ellos, aunque muchos sospechan que todavía manetiene contacto con los intangibles. Ella me explica que en el lugar donde se fundó Reyes había un cementerio tagaeri, y que, debido a ello, estos acuden al lugar de tanto en tanto. “Cuando sucedió lo de Reyes la gente vino y me echó la culpa de todo. Me acusaron de ayudar a los tagaeri, de ser su cómplice. No era cierto. No se dan cuenta de que ellos no distinguen entre los que les matan y los inocentes. Para ellos todos somos enemigos “kowode”, <<comegente>>”.

 
Charlando con Tepa y sus nietas (foto: Miguel Gutiérrez).

Muerte bajo los árboles
Durante semanas he recorrido las aldeas de la carretera conocida como “Via Auca” que bordea la Zona Intangible y descendido en Kayak por los ríos, Shiripuno, Cononaco, Tiguino y Cuchillacu, en cuya selva se esconden los temibles “intangibles”. En las riberas de estas corrientes encuentro testimonios sobre el goteo de muertes que acoge el cogollo de la selva. En la comunidad de Ñoneno, en el Shiripuno, Manuel-Huane, un jefe huaorani de 64 años, me cuenta sus vivencias. Ha trabajado en décadas anteriores para petroleras y como maderero ilegal. En abril de 2006 llegó a un campamento de madereros situado en el río Cononaco Chico, para abastecerlo de víveres con su canoa a motor. Descubrió que lo habían saqueado; dos de los leñadores –William Angulo y Willmer Moreira- yacían heridos, alanceados entre los restos (Angulo moriría poco después). Dos años después el propio Manuel fue emboscado y herido, mientras cortaba un tronco atravesado en el río Shiripuno. “Tras sentir el lanzazo en la espalda, me tiré al agua y conseguí alcanzar la otra orilla. Mis atacantes se contentaron con saquear la canoa y no me siguieron, pues no saben nadar”. Estas experiencias y el miedo de Manuel a que los tagaeri atacaran su aldea le movió a adentrarse en la selva en su busca. Acompañado de tres guerreros huaroani más jóvenes, tras doce horas de marcha desde Ñoneno llegó a una maloca donde habitaba una familia tagaeri.

El río es la casa de las comunidades de huaorani contactados (Foto: Miguel Gutiérrez).


 “Les espiamos desde la espesura durante unas horas –relataba Manuel-. Para evitar que nos atacaran, cogí a un niño como rehén y me acerqué a parlamentar con el jefe, un hombre muy corpulento y muy bravo, barbudo y con el cabello largo hasta la cintura. Al vernos con botas de goma, ropas y escopetas, las mujeres gritaron alarmadas <<Cowode>>. Les enseñé mis orejas (Huane tiene, como otros huaroani, las orejas agujereadas) y les dije en huaroani que no somos cowode, sino de su misma raza. Que vivimos mezclados con los cowode y que ya no hay guerra entre nosotros, que pueden salir de la selva y dejar de matar”.
Como respuesta, el jefe le dijo a Huane que se fuera y no volviera nunca, o le matarían. Que no quieren salir y que atacarán a los cowode (y al resto de huaorani) “por talar los bosques, hacer ruido y por la matanza perpetrada en 2003 cerca de Mencaro”. Gracias a Huane sabemos además que los tagaeri se han fusionado con otro clan intangible, los taromenane, y que ahora forman una única e irreductible familia.


 Futuro desalentador
Pero si la situación no cambia, estas tribus pronto desaparecerán, porque el goteo de muertes continúa. El pasado 5 de marzo, los intangibles asesinaron a lanzazos a un matrimonio cerca de las aldeas de Yarentaro y Dikaron. Miembros de esta comunidad respondieron y mataron a decenas de tagaeri-taromenane en un lugar indeterminado al final de la via Repsol, como se conoce a la carretera abierta en la selva por esta petrolera. Durante la acción, los asesino llegaron a capturar, incluso, a dos niñas. Sobre el particular, el capuchino español Miguel Ángel Cabo de Villa, uno de los mayores expertos mundiales en estas tribus, denunciaba en el diario Universo: “No es serio ese lamentable espectáculo de disimulos y torpezas en autoridades de tan alto cometido. ¡El fiscal general revelando posibles envenenamientos, diciendo que de la matanza nada se sabe y, el mismo día, un muchacho huaorani confesando en la televisión: sí, mi papá ha intervenido en la matanza, ¡han matado a bastante gente! El fiscal de Coca anunciando, como para amedrentar, la convocatoria a testimonio de dirigentes huaorani y otras personas, que tuvieron el coraje de reconocer públicamente la existencia de la horrible matanza, ¡y ninguna autoridad le reclama a él por su ineficacia! ¡Pero si tiene ahí a las muchachas, si todos saben, en Yarentaro o Dikaron, quiénes intervinieron en el exterminio, ¡si la gobernadora se fotografió con ellos! El fiscal haría bien investigando en Coca –ya que los funcionarios de Justicia no se enteraron con antelación, como era su cometido– cómo se organizó la expedición mortífera, dónde y a quién compraron las armas, quiénes les ayudaron en una cosa que quizá no fue venganza tribal”.


La enorme extensión del bosque del Yasuní solamente se aprecia desde el aire (Foto: Miguel Gutiérrez).


Mientras sobrevolamos la “Zona Intangible”, Diego, piloto de la compañía Aero-Regional y el único que sobrevuela el territorio, me habla de los tagaeri-taromenane. “Antes veía con frecuencia sus chozas, junto a pequeñas huertas de yuca, pero hace tiempo que no me topo con ninguna. Algunos dicen que han hecho cabañas más pequeñas para ocultarse, otros creen que han sido exterminados por mercenarios o por guerreros huaorani pagados por los chinos”. Ahora operan en Ecuador petroleras chinas, mucho más agresivas que las occidentales. En la ciudad de Coca, los capuchinos me pintan un futuro muy negro para los invisibles. “El anterior Ministerio de Medio Ambiente de Ecuador se implicó mucho en su conservación. Pero ahora –aseguran los misioneros- han sido depuestos todos, porque los chinos están poniendo mucho dinero para montar un nuevo pozo en el bloque Armadillo, en pleno territorio Tagaeri. Los ríos ya están contaminados, y hay rumores de matanzas bajo los árboles”.
En julio de 2013 la administración ecuatoriana fallará el concurso de ofertas para nuevas prospecciones sobre más de dos millones de hectáreas en esta región. Se calcula que la zona por explorar tenga reservas para entre 369 y 1.597 millones de barriles de crudo. Desde ONGs y agrupaciones indígenas, no obstante, la contestación al proyecto es férrea. Conocen bien las consecuencias de esta explotación del combustible fósil. Desde que las petroleras empezaron a trabajar en la zona, en los años 40, el cambio ha sido traumático y de difícil vuelta atrás para colonos, intangibles y miembros de las comunidades achuar, andoa, shuar, kichwa y shiwiar. Solamente la compañía Texaco-Chevron, que explotó el subsuelo de la zona entre 1964 y 1990, causó la contaminación de amplias regiones. La economía y salud de 30.000 vecinos, indígenas y colonos, se vieron seriamente dañadas.

El Jefe de la comunidad Bonamo, Omahiue, está muy orgullloso de su nueva pista de aterrizaje (foto: Miguel Gutiérrez).


El futuro para estas gentes es desalentador. El 40% del presupuesto del Estado Ecuatoriano depende de la venta de crudo. Además el país está seriamente endeudado y necesita ampliar la producción para contentar a los acreedores, entre los que destaca una vez más China. La única esperanza para la región parte del llamado Proyecto Yasuní-ITT. Esta propuesta pretende resguardar el Parque Nacional, el de mayor biodiversidad del planeta. Para ello, la comunidad mundial se comprometería a aportar 350 millones de dólares a Gobierno Ecutoriano para dedicarlos al suministro energético y la reforestación de la zona. Cuando se elaboró el proyecto no contaban con un factor decisivo y poco halagüeño: una crisis global que no deja margen para invertir en lo único que importa. De lo que suceda este verano dependerá la supervivencia de los indígenas intangibles y de todo el parque del Yasuní.

La historia de los “Indios blancos”
Conocidos popularmente como aucas (“salvajes” en lengua quichwa), los huaorani saltaron a la palestra informativa cuando sus guerreros asesinaron a cinco misioneros americanos en 1956. Hostilidad que se recrudeció dos décadas más tarde debido a la invasión de su territorio por compañías petroleras y colonos pobres, que, de tanto en tanto, asesinan impunemente a hombres, mujeres y niños.

La fama de los últimos indígenas libres de América ha alcanzado difusión mundial e inspirado filmes como “La selva Esmeralda”, “Jugando en los campos del señor”, “El Holocausto Caníbal” o “El fin del espíritu”. Los conocemos en España gracias a magníficas crónicas que –en los años 70 y 80- firmaron periodistas como Miguel de la Quadra Salcedo y Alberto Vázquez Figueroa, que les dedica una de sus novelas, “Tierra Vírgen”.

Kaiga Bahiua me explica cómo guerrean los tagaeri con sus lanzas de chonta: "las de ellos son el doble de grandes -me asegura- porque esta es de caza y no de guerra".


Víctimas de los caníbales
Los colonos que viven en los límites de su territorio les apodan “patas coloradas”, por su costumbre de pintarse con ocre las pantorrilas; otros les dicen “indios blancos”, porque, al refugiarse bajo la espesura, hurtan sus cuerpos al sol, mostrando una palidez característica. Viven de la caza y de la pesca y de pequeños huertos donde cultivan yuca. Acostumbrados a largas marchas por la selva, su vigor es legendario. Son maestros en la preparación del mítico veneno del curare, que impregnan en dardos para cerbatana. Para pelear utilizan largas lanzas de chonta, que decoran con plumas y, recientemente, con bolsas de plástico. Se valen de la sorpresa y atacan preferiblemente por la espalda. Cuando matan, someten a sus víctimas al rito de las lanzas –en el que participan incluso niños pequeños- que consiste en dejar el cuerpo del enemigo como un alfiletero.
Hace dos siglos los huaorani eran numerosos y vivían en paz. Pero desde el advenimiento de la fiebre del caucho han sido perseguidos hasta su casi total extermino. En sus tradiciones orales ellos cuentan que los “cowode”, o “comegente” una raza de caníbales desaprensivos, les persigue sin descanso para devorarlos; es como nos llaman a los “civilizados”, que solamente les hemos deparado tristeza y muerte. 




Miguel Gutiérrez-Garitano 2012

domingo, 2 de noviembre de 2014

Alejandro Labaka, mito y misterio de un obispo que murió alanceado


El religioso vasco fue asesinado hace un cuarto de siglo por miembros de la tribu tagaeri a quienes intentó proteger. Sin embargo hoy quedan muchos cabos por atar. ¿por qué el helicóptero que le asistía lo abandonó en territorio hostil y no regresó hasta el día siguiente? Sus compañeros capuchinos señalan que su  muerte, llena de incógnitas y cabos sueltos, pudo deberse a una conspiración urdida por las petroleras

Alejandro e Inés junto al helicóptero que les llevaría hasta su muerte a manos de los tagaeri (fuente: capuchinos de Ecuador).



El 21 de julio de 2012 se cumplieron 25 años de la muerte, en las selvas amazónicas del Ecuador, del Obispo y hermano capuchino Alejandro Labaka Ugarte y de la monja Inés Arango, misionera terciaria de la misma orden. Nunca antes, ni siquiera en los turbulentos siglos de la conquista de América, un prelado había caído en primera línea, bajo las lanzas de un puñado de indígenas desnudos. Sucedió en 1987 en los bosques profundos del Oriente ecuatoriano, entre los ríos Cuchillacu y Tiguino en el corazón de lo que hoy es el Parque Nacional del Yasuní. Un helicóptero alquilado bajó a Labaka y su compañera a un claro donde se levantaba una choza perteneciente a los indios tagaeri. El vasco descendió primero y se despojó de las ropas. Inés guardó el pañuelo que cubría su cabeza y se quitó los zapatos. No había rastro de los indígenas y el helicóptero se alejó, prometiendo volver al poco rato. Pero no lo hizo. Regresó al día siguiente para toparse con una escena dantesca: Labaka y Arango han fracasado en su intento de hacer amistad con los tagaeri. El cadáver del primero yace recostado sobre un tronco, en mitad de un claro, con 84 lanzas y otros tantos orificios traspasándole el cuerpo. Lo que queda de Inés aparece después, junto a la cabaña, con 21 lanzas en su carne y una expresión de sufrimiento tal que su visión espeluzna a la tripulación de la aeronave. De los indios, ni rastro. ¿Qué pudo suceder? ¿Por qué el Obispo y la monja se empeñaron en contactar con una tribu tan hostil? ¿Por qué no regresó el helicóptero? Existen muchas incógnitas y algunos cabos sueltos en torno a la muerte de los misioneros.

Alejandro e Inés en pleno trabajo (fuente: capuchinos de Ecuador).


La última guerra india
El lugar donde murió Labaka se encuentra en el corazón de la Zona Intangible, o territorio reservado –desde 1999- por el Gobierno de Ecuador a los taromenane y tagaeri, dos clanes de la etnia huaorani que permanecen en aislamiento voluntario. En la práctica, por desgracia, la zona es violada de continuo por los empleados de las compañías petroleras y por madereros ilegales. Hay guerra bajo los árboles y, aunque los indígenas se han llevado la peor parte, de tanto en tanto salen de la espesura y asesinan a colonos inocentes.
Los orígenes del conflicto se remontan a los años 70, cuando, el empuje de las petroleras –que operan en Ecuador desde fines del siglo XIX- empezó a desplazar a los indígenas de sus territorios tradicionales. Estos respondieron con las lanzas, sólo para caer masacrados por las armas de fuego de los invasores. El mismísimo Tagae, el jefe que dio nombre al clan tagaeri, murió tiroteado por el cocinero de un pozo petrolífero. Para entonces Labaka ya era conocido entre los clanes huaorani contactados. Durante años se había dedicado a aprender a hablar, vestir, comer y vivir como ellos. Tras la matanza –en 1977- de tres obreros perpetrada por los “intangibles”, el vasco echó sobre sus hombros la responsabilidad de mediar entre las partes y restablecer la paz. Asistió y ayudó a los colonos pobres y defendió los derechos de los tagaeri frente a las compañías y gobierno ecuatoriano.

Cartel que precede a la Zona Intangible (foto del autor).


Muerte entre los árboles
Las muertes de Alejandro e Inés no fueron las últimas de esta guerra demencial. Los ataques de los tagaeri-taromenane se multiplican, sobretodo, en torno a las carreteras abiertas por las petroleras y en las riberas de dos ríos: el Cononaco Chico y el Cuchillacu. Cerca de la carretera conocida como Via Auca, Tepa, la nonagenaria  hermana del legendario Tagae me relata la matanza de leñadores sucedida junto al bloque Armadillo, en marzo de 2008. “Eran un grupo de hombres que serraban árboles de chuncho y cedro; llegaron de improviso y los cogieron desprevenidos. Uno de los hombres, José Castellanos, quedó alanceado como un alfiletero y murió al instante”. Tal y como nos aclara, este ataque respondió a otra matanza de indígenas perpetradas pocos meses antes por los colonos. La prohibición del Gobierno de entrar en la Zona Intangible es ignorada una y otra vez.

 
Pude entrevistar a Tepa, la hija de Tagae, el mítico jefe tagaeri (foto del autor).


El maderero José Castellanos fue atacado y muerto mientras trabajaba en territorio intangible (fuente: policía de Ecuador).


El río Cuchillacu
Tras diez días en la Zona Intangible, navego por el río Tiguino, escenario de la muerte de Monseñor e Inés Arango, pero no encuentro sino selva y soledad, y, de tanto en tanto, algún cazador huaorani solitario. Más abajo, en la comunidad Bonamo, ya en el rio Cononaco, me cuentan que ya no hay tagaeri en el lugar donde murió Labaka. Los responsables de su muerte escaparon por temor a represalias a las riberas del río Cuchillacu.  Les pido que me lleven en sus canoas a motor y me depositen al comienzo de ese río para poderlo descender en mi kayak, el “Tritón”. En un principio, se niegan con rotundidad, pues me explican que, debido a la estrechez de la corriente, en caso de ataque desde la orilla, sus largos esquifes a motor no pueden dar la vuelta con velocidad y escapar río abajo. Al final, tras ofrecerles el kayak a cambio, aceptan llevarme, aunque se  muestran nerviosos mientras remontamos el río, y me enumeran los nombres de varios leñadores que han sido asesinados allí.

El autor del reportaje en las cercanías del lugar donde murió Alejandro (foto del autor).


Asesinados por la comida
Por suerte, mi descenso del Cuchillacu, aunque resulta una experiencia turbadora y solitaria, termina felizmente. En la desembocadura me esperan Bartolo y Caiga Baihua, de la tribu huaorani, preocupados por mi seguridad. Opinan que Labaka fue una suerte de alucinado suicida y no pueden ocultar que no comprenden su afán por “molestar” a los tagaeri, pues “aquí no se le había perdido nada”. De la acción aculturadora de los misioneros opinan que “solo queremos que nos dejen vivir”. Su hermano Otobo cree que fue la comida que llevaba Alejandro lo que provocó la agresión. “Los tagaeri, como nos pasó a nosotros la primera vez que probamos la comida artificial, se sintieron indispuestos tras comer los víveres que traían Alejandro e Inés. Creyeron que les habían envenenado y los ancianos de la tribu los mataron con sus lanzas”, asegura.

Miembro de las comunidades huaorani del río Cononaco (foto del autor).


La historia de Omatuki
Sin embargo, la verdad sobre el final de Alejandro Labaka me la cuenta el Capuchino navarro (nació en Guembe aunque vive en Ecuador desde 1985) Txarly Azcona en el Vicariato Apostólico de la ciudad de Coca. “Supimos lo que les pasó a Alejandro y a Inés gracias a Omatuki, una niña tagaeri que fue capturada en 1993 por los huaorani del río Tiguino. Omatuki nos contó cómo su grupo mató al <<hombre gordo>> (Alejandro Labaka)”. Al parecer, Alejandro e Inés fueron recibidos amigablemente por las mujeres, pues los hombres estaban cazando. Cuando estos regresaron se precipitaron los acontecimientos. El jefe, un guerrero anciano, tras discutir con las mujeres, cogió a Alejandro del pelo y le atravesó con su lanza. Al instante le imitaron los demás”. Pero la peor parte se la llevó la pobre Inés, como asegura Txarly con un hilo de voz: “Alejandro murió con rapidez, pero Inés pudo verlo todo. Las mujeres la escondieron en una choza y la defendieron todo lo que pudieron, pero, al final, fue descubierta. La mató un guerrero joven introduciéndole una lanza en la vagina”. Terrible final para quienes buscaban la salvación del pueblo tagaeri.

Pescadores huaorani en el río Shiripuno.


Acción desesperada
Cuando le pregunto a Txarly sobre la razón y el empeño de Alejandro de “pacificar” a los indígenas, él me responde esclarecedor. “La gente piensa que Alejandro quería evangelizar a los tagaeri, que le movía un afán proselitista, pero se equivocan. El 17 de julio de 1987, pocos días antes de su muerte, en una reunión con los altos representantes de Petrobrás salió decidido a introducirse en el territorio de los intangibles. La razón la sabemos hoy: se había enterado de que un antropólogo contratado por las petroleras, comandaba un ejército destinado a echar a los indios de su territorio o borrarlos del mapa. Alejandro pensó que sería capaz de convencer a los tagaeri para que se mudaran pacíficamente. Pero fracasó”.

Alejandro con los huaorani (fuente: Capuchinos de Ecuador).


Una muerte sospechosa
Azcona, que me enseña una de las lanzas que mataron a Moseñor que guardan los capuchinos de Coca, también me traslada sus sospechas sobre la actitud de la tripulación del helicóptero que llevó a los misioneros, y que estaba a sueldo de las petroleras. “Según lo acordado debía volver una hora más tarde, pero –según aseguró el piloto- se perdió en la selva; nunca volvió, según la tripulación, porque tenían que <<atender otros recados>>”. No regresó hasta el día siguiente, con los resultados que conocemos. Pero –enfatiza el capuchino navarro- ¿quién se va a hacer encargos cuando ha dejado a dos personas en un campamento de indígenas hostiles?”. La información que nos traslada el misionero hace recaer terribles sospechas sobre las empresas dedicadas a la extracción del combustible fósil para quienes “Labaka era un estorbo. Muchos piensan que la tripulación del helicóptero estaba sobornada y que, de haber vuelto cuando prometieron, Alejandro e Inés seguirían vivos”.

El cadáver de Alejandro yace frente a una maloca tagaeri (fuente: capuchinos de Ecuador).



De la estirpe de Urdaneta
Como asegura el hermano Azcona, que le conoció, si en algo resaltaba Alejandro Labaka era en su humildad. “A pesar de su condición de obispo siempre encontraba tiempo para escuchar a todos, y lo hacía con gran atención y de tú a tú, fuera quien fuera”. Sin duda fue esta particularidad de su carácter la que le llevó a dejarse la vida luchando por los derechos de aquellos que no tienen voz. Para visitar a sus amigos, los indios huaorani -una de cuyas familias le adoptó como hijo- Alejandro se desnudaba y adoptaba todas sus costumbres. Debido a ello le pusieron el apelativo de “el misionero desnudo”.

Era un misionero clásico, muy vasco, de la estirpe de Urdaneta y Francisco Javier. Nació en 1920 en un caserío de Beizama, Guipúzcoa, en el seno de una familia de 11 miembros; se ordenó capuchino –bajo el nombre de Manuel de Beizama- siguiendo el ejemplo de su hermano Manuel.

Alejandro en Italia junto al padre Pío (fuente: capuchinos de Ecuador).


Misionero en China y Ecuador
Los primeros años de Alejandro en las filas de su congregación –que aprovechó para estudiar Filosofía y Teología- coincidieron con la Guerra Civil y La Segunda Guerra Mundial. Fueron años de tragedias terribles que convencieron al religioso de que su misión en la vida era ayudar en los lugares más recónditos  y expuestos. “Mi alegría sería inmensa si el Espíritu santo se dignase escogerme, mediante su Reverencia, para extender la Iglesia y salvar las almas en las misiones, que propiamente puedan considerarse como tales y, sobre todo, en países de más dificultad y donde más haya que sufrir”, le escribió a su superior. Sus deseos se vieron colmados cuando le enviaron a la misión capuchina avanzada en la región china de Kansu, donde cumplió su labor de 1947 a 1953. Desgraciadamente, con la llegada de la Revolución cultural de Mao, fue expulsado y, tras una breve estancia en casa, marchó para Ecuador. Allí no cejó hasta que le destinaron al destino más peligroso: la misión de Aguarico, en el Oriente. 

 
Cadáver de Alejandro Labaka, tal y como fue sacado de la selva (fuente: capuchinos de Ecuador).

Trabajo entre los aucas
Nombrado Prefecto Apostólico en 1965, participó en el Concilio Vaticano II donde defendió los derechos de las minorías étnicas en la constitución sobre la Iglesia en el mundo (circunstancia por la que algunos le han acusado de nacionalista vasco).  En esas fechas le escribe al Papa Pablo VI lo siguiente:  “Tengo en la prefectura tribus salvajes, conocidas con el nombre de Aucas, que matan a quienes entran en sus dominios y hacen también incursiones hacia las partes civilizadas, donde siembran el terror con sus muertes. Recién nombrado Prefecto Apostólico, he asistido por primera vez al sacrosanto concilio y he sentido muy fuerte en mi interior el mandato de Cristo de predicar a todas las gentes, especialmente a estos aucas”.  Después renunció a su cargo  para cumplir este mandato. En 1975 recibió el nombramiento de Obispo y pasó a residir en la remota aldea de Nuevo Rocafuerte, donde conoció a una esforzada monja Colombiana, conocedora del idioma auca, Inés Arango, que compartía sus ideales. Después llegó el martirio.




 Miguel Gutiérrez-Garitano

sábado, 13 de octubre de 2012

Brasil 2009: a través de la Amazonía.





En 2009 viajé por algunas zonas salvajes de Brasil con mis amigos Txefo y Josemi. Descendimos en barco por el Amazonas; cruzamos las carreteras transamazónica, Br 163 y transpantaneira; acampamos junto a los ríos Cuiabá y san Lorenzo en el Gran Pantanal. Después nos separamos; y yo me fui a recorrer las sierras de Ricardo Franco y Azul. Gran experiencia. 

VÍDEOS

Navegando el Amazonas

Almuerzo de hormigas en la sierra Azul

Paseo con caimanes

Explorando el pantanal

En la carretera transpantaneira

viernes, 9 de septiembre de 2011

Nuevo homenaje a Iradier en Vitoria-Gasteiz

Se inauguró ayer, 8 de septiembre, en la Sala Luis Ajuria de Vitoria la exposición que lleva por título Manuel Iradier: cien años de un mito. Exposición en la que he desempeñado el papel de asesor histórico. Y cómo no! os invito a que la visitéis...

Fotografía de Rafa Gutiérrez (Fuente: El Correo)

En realidad es un homenaje a la propia Vitoria de aquellos años de la que salió un grupo de intelectuales y escritores que pusieron a la capital alavesa en la vanguardia española. Se creó la primera sociedad geográfica de España, ocho años antes que Madrid, y el primer gabinete de lectura. Era una ciudad de récords con los Hermanos Herrán, Becerro de Bengoa, Eduardo Velasco, Madinabeitia, Baraibar y Manuel Iradier salió de aquel ambiente...

Fotografía de Rafa Gutiérrez (Fuente: El Correo)
La muestra permite disfrutar de una amplia colección bibliográfica, una delicia para los amantes de la lectura y la aventura, y de una serie de materiales relacionados con los viajes de Iradier por tierras guineanas que permiten a los visitantes acercarse al apasionante mundo de los exploradores.....

Gutiérrez Garitano en la rueda de prensa.
Fotografía de Rafa Gutiérrez (Fuente: El Correo)


En prensa

Os espero a tod@s!!!!
saludos!!
Miguel Gutiérrez Garitano


lunes, 11 de julio de 2011

Aventura en Valsaín, Segovia, con Miguel De la Quadra Salcedo (03/07/2011)

Cuando uno acepta la aventura, entra en un juego de posibles en el que todo suceso entronca con el anterior con una naturalidad que se diría engranada en la ficción literaria. Aventurarse es saltar consciente hacia el vacío de la maravilla humana, es observar el mundo con la lente de la razón crítica, es preguntarse, dudar, sentir la avidez del conocimiento insaciable. Y no hay mejor aventura que aquella con la que nos topamos de bruces, sin preliminares, ni tácticas preestablecidas, ni nada.

Suena el teléfono. Estoy sólo en mi biblioteca, intentando extraer algo legible del teclado del ordenador.

-¿Sí, quién es? 

-Hola buenas, soy Miguel De la Quadra Salcedo.

Tardé en reaccionar. No era para menos. Lo cierto es que soy reacio a tener ídolos y me considero inmune al fenómeno fan, al que siempre he considerado, lo confieso, vulgar e irracional. Pero todo Aquiles esconde su talón, y yo, como todos, tengo el mío que arrastro desde chico: se llama Miguel De la Quadra Salcedo, explorador, corresponsal de guerra, especialista de cine, ballenero, atleta, domador, buscador de oro, y un largo etcétera que se resume con una palabra: “leyenda”.

Gracias a la invitación de De la Quadra Salcedo pude animar a los quetzales a potenciar su fuego interior, su afán de conquistar lo imposible.

¡¡De nuevo GRACIAS!!

 De izquierda a derecha: Álvaro Iradier (biznieto del explorador Manuel Iradier),
De la Quadra Salcedo, Txema García Calleja y Gutiérrez Garitano.



En prensa