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domingo, 2 de noviembre de 2014

Alejandro Labaka, mito y misterio de un obispo que murió alanceado


El religioso vasco fue asesinado hace un cuarto de siglo por miembros de la tribu tagaeri a quienes intentó proteger. Sin embargo hoy quedan muchos cabos por atar. ¿por qué el helicóptero que le asistía lo abandonó en territorio hostil y no regresó hasta el día siguiente? Sus compañeros capuchinos señalan que su  muerte, llena de incógnitas y cabos sueltos, pudo deberse a una conspiración urdida por las petroleras

Alejandro e Inés junto al helicóptero que les llevaría hasta su muerte a manos de los tagaeri (fuente: capuchinos de Ecuador).



El 21 de julio de 2012 se cumplieron 25 años de la muerte, en las selvas amazónicas del Ecuador, del Obispo y hermano capuchino Alejandro Labaka Ugarte y de la monja Inés Arango, misionera terciaria de la misma orden. Nunca antes, ni siquiera en los turbulentos siglos de la conquista de América, un prelado había caído en primera línea, bajo las lanzas de un puñado de indígenas desnudos. Sucedió en 1987 en los bosques profundos del Oriente ecuatoriano, entre los ríos Cuchillacu y Tiguino en el corazón de lo que hoy es el Parque Nacional del Yasuní. Un helicóptero alquilado bajó a Labaka y su compañera a un claro donde se levantaba una choza perteneciente a los indios tagaeri. El vasco descendió primero y se despojó de las ropas. Inés guardó el pañuelo que cubría su cabeza y se quitó los zapatos. No había rastro de los indígenas y el helicóptero se alejó, prometiendo volver al poco rato. Pero no lo hizo. Regresó al día siguiente para toparse con una escena dantesca: Labaka y Arango han fracasado en su intento de hacer amistad con los tagaeri. El cadáver del primero yace recostado sobre un tronco, en mitad de un claro, con 84 lanzas y otros tantos orificios traspasándole el cuerpo. Lo que queda de Inés aparece después, junto a la cabaña, con 21 lanzas en su carne y una expresión de sufrimiento tal que su visión espeluzna a la tripulación de la aeronave. De los indios, ni rastro. ¿Qué pudo suceder? ¿Por qué el Obispo y la monja se empeñaron en contactar con una tribu tan hostil? ¿Por qué no regresó el helicóptero? Existen muchas incógnitas y algunos cabos sueltos en torno a la muerte de los misioneros.

Alejandro e Inés en pleno trabajo (fuente: capuchinos de Ecuador).


La última guerra india
El lugar donde murió Labaka se encuentra en el corazón de la Zona Intangible, o territorio reservado –desde 1999- por el Gobierno de Ecuador a los taromenane y tagaeri, dos clanes de la etnia huaorani que permanecen en aislamiento voluntario. En la práctica, por desgracia, la zona es violada de continuo por los empleados de las compañías petroleras y por madereros ilegales. Hay guerra bajo los árboles y, aunque los indígenas se han llevado la peor parte, de tanto en tanto salen de la espesura y asesinan a colonos inocentes.
Los orígenes del conflicto se remontan a los años 70, cuando, el empuje de las petroleras –que operan en Ecuador desde fines del siglo XIX- empezó a desplazar a los indígenas de sus territorios tradicionales. Estos respondieron con las lanzas, sólo para caer masacrados por las armas de fuego de los invasores. El mismísimo Tagae, el jefe que dio nombre al clan tagaeri, murió tiroteado por el cocinero de un pozo petrolífero. Para entonces Labaka ya era conocido entre los clanes huaorani contactados. Durante años se había dedicado a aprender a hablar, vestir, comer y vivir como ellos. Tras la matanza –en 1977- de tres obreros perpetrada por los “intangibles”, el vasco echó sobre sus hombros la responsabilidad de mediar entre las partes y restablecer la paz. Asistió y ayudó a los colonos pobres y defendió los derechos de los tagaeri frente a las compañías y gobierno ecuatoriano.

Cartel que precede a la Zona Intangible (foto del autor).


Muerte entre los árboles
Las muertes de Alejandro e Inés no fueron las últimas de esta guerra demencial. Los ataques de los tagaeri-taromenane se multiplican, sobretodo, en torno a las carreteras abiertas por las petroleras y en las riberas de dos ríos: el Cononaco Chico y el Cuchillacu. Cerca de la carretera conocida como Via Auca, Tepa, la nonagenaria  hermana del legendario Tagae me relata la matanza de leñadores sucedida junto al bloque Armadillo, en marzo de 2008. “Eran un grupo de hombres que serraban árboles de chuncho y cedro; llegaron de improviso y los cogieron desprevenidos. Uno de los hombres, José Castellanos, quedó alanceado como un alfiletero y murió al instante”. Tal y como nos aclara, este ataque respondió a otra matanza de indígenas perpetradas pocos meses antes por los colonos. La prohibición del Gobierno de entrar en la Zona Intangible es ignorada una y otra vez.

 
Pude entrevistar a Tepa, la hija de Tagae, el mítico jefe tagaeri (foto del autor).


El maderero José Castellanos fue atacado y muerto mientras trabajaba en territorio intangible (fuente: policía de Ecuador).


El río Cuchillacu
Tras diez días en la Zona Intangible, navego por el río Tiguino, escenario de la muerte de Monseñor e Inés Arango, pero no encuentro sino selva y soledad, y, de tanto en tanto, algún cazador huaorani solitario. Más abajo, en la comunidad Bonamo, ya en el rio Cononaco, me cuentan que ya no hay tagaeri en el lugar donde murió Labaka. Los responsables de su muerte escaparon por temor a represalias a las riberas del río Cuchillacu.  Les pido que me lleven en sus canoas a motor y me depositen al comienzo de ese río para poderlo descender en mi kayak, el “Tritón”. En un principio, se niegan con rotundidad, pues me explican que, debido a la estrechez de la corriente, en caso de ataque desde la orilla, sus largos esquifes a motor no pueden dar la vuelta con velocidad y escapar río abajo. Al final, tras ofrecerles el kayak a cambio, aceptan llevarme, aunque se  muestran nerviosos mientras remontamos el río, y me enumeran los nombres de varios leñadores que han sido asesinados allí.

El autor del reportaje en las cercanías del lugar donde murió Alejandro (foto del autor).


Asesinados por la comida
Por suerte, mi descenso del Cuchillacu, aunque resulta una experiencia turbadora y solitaria, termina felizmente. En la desembocadura me esperan Bartolo y Caiga Baihua, de la tribu huaorani, preocupados por mi seguridad. Opinan que Labaka fue una suerte de alucinado suicida y no pueden ocultar que no comprenden su afán por “molestar” a los tagaeri, pues “aquí no se le había perdido nada”. De la acción aculturadora de los misioneros opinan que “solo queremos que nos dejen vivir”. Su hermano Otobo cree que fue la comida que llevaba Alejandro lo que provocó la agresión. “Los tagaeri, como nos pasó a nosotros la primera vez que probamos la comida artificial, se sintieron indispuestos tras comer los víveres que traían Alejandro e Inés. Creyeron que les habían envenenado y los ancianos de la tribu los mataron con sus lanzas”, asegura.

Miembro de las comunidades huaorani del río Cononaco (foto del autor).


La historia de Omatuki
Sin embargo, la verdad sobre el final de Alejandro Labaka me la cuenta el Capuchino navarro (nació en Guembe aunque vive en Ecuador desde 1985) Txarly Azcona en el Vicariato Apostólico de la ciudad de Coca. “Supimos lo que les pasó a Alejandro y a Inés gracias a Omatuki, una niña tagaeri que fue capturada en 1993 por los huaorani del río Tiguino. Omatuki nos contó cómo su grupo mató al <<hombre gordo>> (Alejandro Labaka)”. Al parecer, Alejandro e Inés fueron recibidos amigablemente por las mujeres, pues los hombres estaban cazando. Cuando estos regresaron se precipitaron los acontecimientos. El jefe, un guerrero anciano, tras discutir con las mujeres, cogió a Alejandro del pelo y le atravesó con su lanza. Al instante le imitaron los demás”. Pero la peor parte se la llevó la pobre Inés, como asegura Txarly con un hilo de voz: “Alejandro murió con rapidez, pero Inés pudo verlo todo. Las mujeres la escondieron en una choza y la defendieron todo lo que pudieron, pero, al final, fue descubierta. La mató un guerrero joven introduciéndole una lanza en la vagina”. Terrible final para quienes buscaban la salvación del pueblo tagaeri.

Pescadores huaorani en el río Shiripuno.


Acción desesperada
Cuando le pregunto a Txarly sobre la razón y el empeño de Alejandro de “pacificar” a los indígenas, él me responde esclarecedor. “La gente piensa que Alejandro quería evangelizar a los tagaeri, que le movía un afán proselitista, pero se equivocan. El 17 de julio de 1987, pocos días antes de su muerte, en una reunión con los altos representantes de Petrobrás salió decidido a introducirse en el territorio de los intangibles. La razón la sabemos hoy: se había enterado de que un antropólogo contratado por las petroleras, comandaba un ejército destinado a echar a los indios de su territorio o borrarlos del mapa. Alejandro pensó que sería capaz de convencer a los tagaeri para que se mudaran pacíficamente. Pero fracasó”.

Alejandro con los huaorani (fuente: Capuchinos de Ecuador).


Una muerte sospechosa
Azcona, que me enseña una de las lanzas que mataron a Moseñor que guardan los capuchinos de Coca, también me traslada sus sospechas sobre la actitud de la tripulación del helicóptero que llevó a los misioneros, y que estaba a sueldo de las petroleras. “Según lo acordado debía volver una hora más tarde, pero –según aseguró el piloto- se perdió en la selva; nunca volvió, según la tripulación, porque tenían que <<atender otros recados>>”. No regresó hasta el día siguiente, con los resultados que conocemos. Pero –enfatiza el capuchino navarro- ¿quién se va a hacer encargos cuando ha dejado a dos personas en un campamento de indígenas hostiles?”. La información que nos traslada el misionero hace recaer terribles sospechas sobre las empresas dedicadas a la extracción del combustible fósil para quienes “Labaka era un estorbo. Muchos piensan que la tripulación del helicóptero estaba sobornada y que, de haber vuelto cuando prometieron, Alejandro e Inés seguirían vivos”.

El cadáver de Alejandro yace frente a una maloca tagaeri (fuente: capuchinos de Ecuador).



De la estirpe de Urdaneta
Como asegura el hermano Azcona, que le conoció, si en algo resaltaba Alejandro Labaka era en su humildad. “A pesar de su condición de obispo siempre encontraba tiempo para escuchar a todos, y lo hacía con gran atención y de tú a tú, fuera quien fuera”. Sin duda fue esta particularidad de su carácter la que le llevó a dejarse la vida luchando por los derechos de aquellos que no tienen voz. Para visitar a sus amigos, los indios huaorani -una de cuyas familias le adoptó como hijo- Alejandro se desnudaba y adoptaba todas sus costumbres. Debido a ello le pusieron el apelativo de “el misionero desnudo”.

Era un misionero clásico, muy vasco, de la estirpe de Urdaneta y Francisco Javier. Nació en 1920 en un caserío de Beizama, Guipúzcoa, en el seno de una familia de 11 miembros; se ordenó capuchino –bajo el nombre de Manuel de Beizama- siguiendo el ejemplo de su hermano Manuel.

Alejandro en Italia junto al padre Pío (fuente: capuchinos de Ecuador).


Misionero en China y Ecuador
Los primeros años de Alejandro en las filas de su congregación –que aprovechó para estudiar Filosofía y Teología- coincidieron con la Guerra Civil y La Segunda Guerra Mundial. Fueron años de tragedias terribles que convencieron al religioso de que su misión en la vida era ayudar en los lugares más recónditos  y expuestos. “Mi alegría sería inmensa si el Espíritu santo se dignase escogerme, mediante su Reverencia, para extender la Iglesia y salvar las almas en las misiones, que propiamente puedan considerarse como tales y, sobre todo, en países de más dificultad y donde más haya que sufrir”, le escribió a su superior. Sus deseos se vieron colmados cuando le enviaron a la misión capuchina avanzada en la región china de Kansu, donde cumplió su labor de 1947 a 1953. Desgraciadamente, con la llegada de la Revolución cultural de Mao, fue expulsado y, tras una breve estancia en casa, marchó para Ecuador. Allí no cejó hasta que le destinaron al destino más peligroso: la misión de Aguarico, en el Oriente. 

 
Cadáver de Alejandro Labaka, tal y como fue sacado de la selva (fuente: capuchinos de Ecuador).

Trabajo entre los aucas
Nombrado Prefecto Apostólico en 1965, participó en el Concilio Vaticano II donde defendió los derechos de las minorías étnicas en la constitución sobre la Iglesia en el mundo (circunstancia por la que algunos le han acusado de nacionalista vasco).  En esas fechas le escribe al Papa Pablo VI lo siguiente:  “Tengo en la prefectura tribus salvajes, conocidas con el nombre de Aucas, que matan a quienes entran en sus dominios y hacen también incursiones hacia las partes civilizadas, donde siembran el terror con sus muertes. Recién nombrado Prefecto Apostólico, he asistido por primera vez al sacrosanto concilio y he sentido muy fuerte en mi interior el mandato de Cristo de predicar a todas las gentes, especialmente a estos aucas”.  Después renunció a su cargo  para cumplir este mandato. En 1975 recibió el nombramiento de Obispo y pasó a residir en la remota aldea de Nuevo Rocafuerte, donde conoció a una esforzada monja Colombiana, conocedora del idioma auca, Inés Arango, que compartía sus ideales. Después llegó el martirio.




 Miguel Gutiérrez-Garitano

domingo, 26 de octubre de 2014

Pedro Arriola Bengoa, el Kurtz vasco

Había descubierto muchos poblados, y también un lago –no sabía exactamente en qué dirección, ya que era peligroso hacer demasiadas preguntas-, pero casi todas sus expediciones eran en busca de marfil”· Las líneas anteriores corresponden a la obra capital del escritor Joseph Conrad, “El corazón de las tinieblas” y hacen referencia a su personaje principal, el tratante de marfil Kurtz; un ser a caballo entre la realidad y la alucinación que encarna la desmesura y la barbarie de los primeros colonizadores europeos en África. 

Pedro Arriola Bengoa en un safari


Un nombre de ficción que sirve para ilustrar a unos seres implacables, tan dotados de determinación como faltos de escrúpulos, cuyas acciones desbordaron la capacidad de los locales para defenderse, física y psicológicamente de una invasión que fue desenfrenada, salvaje y totalmente despiadada. Como escribió Conrad el señor kurtz se presentó ante los vernáculos “con rayos y truenos y ellos no habían visto nunca nada igual, nada tan terrible”.

Pero, ¿existió Kurtz realmente? ¿Hubo en África hombres tan  expeditivos y arrojados? Pisó el mundo alguien equiparable al personaje ideado por el escritor polaco? Algunas biografías, como la del guipuzcoano Pedro Arriola Bengoa, se acercan de un modo sorprendente al mito literario. Sabemos muy poco sobre su vida. Fue el último auténtico explorador en Guinea Ecuatorial y el más osado de los que por allí pararon; se instaló en la isla Elobey Chico, como su paisano Manuel Iradier y desde allí continuó con la obra de este convirtiéndose en su auténtico heredero. El historiador Abelardo de Unzueta escribió de él: “Antes de esta fecha (1900) y en años posteriores, otra gran individualidad hispánica, don Pedro Arriola Bengoa, recorre el estuario del Muni y sus afluentes, sin más ayuda ni auxilio que su rifle y el respeto inmenso que supo inspirar a los indígenas por su valor sereno, nobleza y fortaleza, llamándole las tribus del Alto Utamboni «Nsoc-Ntang» (el Elefante Blanco), noble animal en quien ellos simbolizan las cualidades que adornaban a Arriola”. De su origen y juventud casi no sabemos nada, a excepción de que era natural de Guipúzcoa y que, al igual que los anglosajones Frederick Selous o Baden Powell, se convirtió en eso que la historiografía ha venido a definir como “cazador blanco”: figura que aunaba cualidades de explorador, cazador, guerrero y agente colonial y que tuvo su auge en el caótico interregno situado entre el fin de las exploraciones y el establecimiento de las primeras colonias.

El guipuzcoano Pedro Arriola Bengoa fue Soldado, colono, buscador de marfil y su figura inspiró numerosas novelas y relatos en las décadas de 1920 y 30. Fue el guía de numerosas expediciones españolas por Río Muni y el responsable directo de que el territorio, tras la enconada pugna con Francia, permaneciera a la postre bajo tutela española. Se suicidó tras arruinarse al intentar impulsar la explotación agropecuaria de la colonia. Hoy nadie recuerda su figura.

Arriola Bengoa arribó al Muni de la mano de la compañía Trasatlántica en 1892 y lo exploró durante nueve meses; recorrió sus afluentes, las selvas circundantes y llegó hasta donde en aquel entonces estaba el límite teórico del territorio adscrito a los españoles: el río Ubangui, afluente del Congo, en la actual República Centroafricana. Nadie había llegado tan lejos; ninguno de sus predecesores se había internado tan profundamente en un territorio lleno de tribus hostiles, fieras y enfermedades. En comparación los viajes de Iradier y Osorio fueron meros paseos; los europeos, que en el Muni no excedían los dos centenares, se concentraban en algunos poblados de la costa como Bata, Benito, Cabo San Juan y Elobey y controlaban el comercio de los ríos mediante intermediarios africanos que intercambiaban madera y otros productos, por baratijas traídas de Europa.

Otra cosa bien distinta era el comercio de marfil y caucho: tan sólo un puñado de blancos se internaba en la espesura para traer el marfil de los poblados más alejados, oficio para el que, en palabras de un contemporáneo, “había que tener madera de héroe”. El mismo autor asegura que Arriola Bengoa fue el más temerario de todos estos buscadores de marfil: “Cazando -dejó escrito el mismo autor- causaba la admiración de los más diestros por su certera puntería. Guerreando, despertaba el entusiasmo de los más valientes con su heroísmo“.

Cuando Arriola llegó a Guinea su costa y ríos estaban plagados de puestos comerciales pertenecientes a las naciones rivales de España. Como cabeza visible de la compañía Trasatlántica y debido a su influencia sobre los jefes tribales, el guipuzcoano se reveló como una pieza clave a la hora de mantener viva la llama española. Bravo Carbonell tilda sus esfuerzos por mantener el status quo de “heroicos”. Para las pocas familias de colonos españoles que, a la sazón, había en Guinea, Arriola Bengoa era un héroe. “Ha sido acompañante necesario y utilísimo por sus conocimientos de todas cuantas comisiones científicas, comerciales o políticas han ido a Guinea, a las que la compañía de Bengoa evitaba o suavizaba los choques con los pamues, guerreros reyes de los bosques”, aseguraba Bravo Carbonell. E

l territorio distaba mucho de estar pacificado y, de tanto en tanto, se producía un ataque: una barca era asaltada aquí, un puesto comercial saqueado allá… Sus acciones fueron muchas y los primeros años del siglo XX no tuvieron descanso; los guerreros tribales podrían haberle matado “una y mil veces”, según un testigo y, si no lo hicieron fue porque “los salvajes veían en Bengoa un ser sagrado e intangible. No se atrevían a matarle en la creencia de que si lo hacían la divinidad del<< bieri>> desataría su cólera contra ellos y arrasaría sus aldeas con incendios, tifones y epidemias”.

Arriola hacia el final de su vida.

Todos los testimonios dan por sentado que, ante todo, Arriola fue un gran cazador y el maestro de los que, establecida ya la colonia, operaron en Guinea; dio muerte a decenas de los animales más peligrosos, como gorilas, leopardos, elefantes, búfalos e hipopótamos. Bravo Carbonell relata alguna de estas cacerías en su libro “En la selva virgen del Muni”: “A una hora de marcha –relata- divisamos un gigantesco elefante. Arriola Bengoa amartilla el pesado fusil de culata de goma, de proyectil blindado y se adelanta. El paquidermo pace indiferente. Llama su atención gritando con voz dura, áspera, en la que se advierte un timbre metálico.

Vuelve el bruto su monstruosa cabeza. Y Bengoa, erguido, el fusil a la cara, un poco pálido, la boca contraída en nervioso rictus, el pulso sereno y firme, oprime el gatillo. La bala le rompe el cráneo, le deshace el cerebro, y el animal se desploma como herido por el rayo”. También cuenta el colono cómo, Arriola Bengoa acabó con una pareja de leopardos que, por estar en periodo de celo, amenazaban su vida y las de sus hombres; Aquella vez fue tras las fieras acompañado de un africano, el más diestro de sus porteadores, y ambos se repartieron las presas: el macho para el vasco y la hembra para el guineano: “Las fieras les han visto y rugen –dejó anotado Carbonell-. El macho mira y remira y sacude la cabeza con violencia y rapidez a uno y otro lado del cuello. No hay forma de variar el camino, porque no hay otro a seguir. Las fieras no se irán. El leopardo, sorprendido, les mira. Salta dos o tres veces con saltos ágiles, elásticos, alrededor de la hembra y parte hacia los cazadores con las fauces abiertas, mostrando la blancura de sus dientes, puntiagudos y desgarradores. Le sigue la hembra. Dos detonaciones secas, breves, rompen el silencio. El leopardo cae muerto, la hembra, rota la pierna de un balazo, avanza aún sobre el negro, que está casi al alcance de sus garras. El europeo, sereno aún ante la tragedia, la encañona y le rompe el corazón”.

El ascendiente de Arriola Bengoa sobre los jefes tribales se puso de manifiesto cuando medió en el secuestro del Comisario Regio por las tribus de Mebonde, al frente de las cuales se hallaba el rey Obama Nbañe, llamado “Rey del río” porque según Abelardo Unzueta “su poder era grande y se extendía” por las tribus del Alto Utamboni. Cuando fue secuestrado junto al Comisario Regio en el seno de una marcha de demarcación de límites por el río Utamboni, Arriola no debió de sentirse sorprendido; había accedido muchas veces al territorio alto del afluente del Muni en sus paseos para comerciar con marfil, desde el puesto avanzado de Asobla, última factoría y auténtico  puesto avanzado europeo en el río. Conocía al reyezuelo Nbañe, y este le conocía a él, y al parecer, le profesaba tal respeto que se pudo resolver felizmente el secuestro sin derramar una sola gota de sangre. El respeto que los jefes tribales le tenían a Arriola se basaba en el miedo, porque, como asegura Bravo, el vasco no dudaba en retar a duelo singular al jefe rebelde y “buscándole en la selva virgen, le daba cara a cara un tiro en el corazón sin hurtar su cuerpo al fusil del contrario”.

En aquella ocasión el secuestro se debía a que los españoles, respondiendo a un robo de mercancías, habían herido a un hombre del reyezuelo de Mebonde. Este, en respuesta, secuestró la partida del Comisario Regio –que pasaba por allí en expedición rutinaria de límites- y exigió la entrega de mercancías y del soldado que había disparado como condición para permitir escapar a la comitiva. Arriola Bengoa que había acudido a parlamentar sólo y desarmado en nombre de los secuestrados se negó a darle satisfacción; uno de los guerreros del rey, de nombre Tokó, propuso que se asesinara al vasco aprovechando que este se hallaba alejado de sus compañeros. Sin achicarse, Arriola no sólo no accedió al chantaje sino que les ordenó abonar a la autoridad española con un garrafón de vino de palma y una bolsa de yuca; respecto al que había animado a los demás para que le mataran, se acercó a él y le dijo: “Escúchame Tokó, has propuesto matarme. Tú estás armado y en compañía de gentes de tu pueblo. Yo estoy sólo y sin armas. Si quieres ven al amanecer a este mismo sitio con fusil con machete o con flechas. Te mataré como a lo que eres: un perro sarnoso”. El resto lo refiere Bravo en su obra Anecdotario Pámue (publicado en 1942): Obama Nbañe, el jefe rebelde, –relata el autor- rompió el ansia del momento: “no vendrá y debes perdonarle”, dijo. “Está bien. Adiós” respondió el vasco. Y volviendo la espalada emprendió el regreso, ante la admiración de los pamues, que exclamaron: “No hay duda: es un Dios”. Finalmente la zona quedó pacificada hasta que en Mebonde se estableció un puesto de la Guardia Colonial en 1907.

La última expedición de Arriola Bengoa data de 1909, cuando acompañó como guía a la partida científica del doctor Gustavo Pittaluga por tierras del cabo San Juan, Río Benito, Aye y Río Campo. Pittaluga, biólogo italiano al servicio de España fue un reputado científico que con el tiempo formaría parte del equipo que demostró que la malaria es trasmitida por la picadura de la hembra del mosquito “anopheles”. Pero ya no había sitio para las exploraciones y desde la creación de la Guardia Colonial en 1907, el fuerte brazo de Arriola cada vez era menos necesario. 

La economía de la colonia, no obstante, se enfrentó siempre con graves problemas; la falta de inversión de la metrópoli, la escasez de transportes marítimos, la imposibilidad de competir con productos extranjeros y la escasez de mano de obra, hicieron la situación muy difícil. La última operación conocida de Arriola es la adquisición de 1.000 hectáreas para la explotación de la palma aceitera. Se trata de mucha superficie y suponemos el negocio arriesgado; ya sea por esta o por otra causa, hoy sabemos que Arriola finalmente cayó en la penuria económica y, llevado por la desesperación, se pegó un tiro en la sien. “Bengoa –lamentaba Carbonell-, el patriarca de Guinea que, a querer hubiera sido millonario, ha dado toda su vida por su patria, por su casa, por la colonia sin acordarse de sí ni de los suyos. Ha muerto pobre y no tenía ninguna condecoración, que él en vida ni esperaba ni quería”.

A  diferencia de lo que hicieron otros aventureros y exploradores, Arriola no dejó nada escrito. Ni siquiera era amigo de ser fotografiado o de relatar sus hechos y aventuras. Todo lo que nos queda de él no es más que un puñado de retazos de informaciones y fechas engañosas. Unos aseguran que llegó a Guinea en 1887 (Enciclopedia Vasca Auñamendi), otros (Gustau Nerín, I.K. Sundiata) que lo hizo en 1898.  Estos sitúan su muerte en 1925, mientras que otros (Idoia Estornés) la adelantan a 1916 e incluso concretan que fue “un 14 de noviembre”. Lo cierto es que el libro “En la selva del Muni” de Bravo Carbonell que se editó en 1925, era una recopilación de artículos publicados en revistas en años anteriores, por lo que el explorador difícilmente pudo suicidarse en dicha fecha. Ese mismo año se publican algunas novelas, más o menos fantasiosas, basadas en sus aventuras (El fetichero blanco). Lo único seguro es que, como dijo Bravo Carbonell que lo conoció bien, Arriola “permaneció en Guinea 28 años al servicio de la Compañía Trasatlántica”. Sabemos por boca de un marino español que en 1901 Arriola llevaba “más de nueve años en Elobey”. Así que el enigma queda solventado: el vasco llegó al Muni en 1892 al servicio de la Compañía Trasatlántica. Y si hacemos caso a Carbonell debió de suicidarse en 1920. Su mausoleo espera en Malabo a aquellos que quieran aclarar definitivamente el misterio.

Como Bonelli Hernando y Valero Belenguer, Arriola fue uno de los impulsores de la primera colonización y como tal es como mínimo un personaje polémico y sospechoso. Antes de que hubiera autoridad estatal en el Muni, es uno de los encargados de castigar a los líderes rebeldes. No duda en atemorizar a los indígenas para mantener la autoridad española. Durante los primeros años del siglo XX el guipuzcoano, dejadas atrás las grandes partidas de exploración y comercio por los ríos, se volcó en negocios y actividades mercantiles, a caballo entre el Muni, donde ya era titular de una empresa comercial desde 1901, y Fernando Poo. A la isla se desplaza en 1904 como Jefe Comercial de la Compañía Trastlántica, entidad que poseía desde 1887 tres grandes fincas en la isla. Un año después adquirió las tierras altas de Riaba con la intención de crear un rancho y dedicarlas al pastoreo. Esta iniciativa le lleva a la obtención del primer galardón en el Certamen de ganadería y productos coloniales de Calabar. Debido a ello fue elegido por unanimidad como Presidente de la Cámara Agraria de la isla, y como tal, según el autor I. K. Sundiata (“From Slaving to neoslavery”) Arriola Bengoa “potenció siempre la exportación” del cacao y otros productos agrarios “de la manera más enérgica”.

Bravo Carbonell lo describe como un héroe para los primeros colonos españoles, a los que protegió y regaló toda su fortuna y esfuerzos. Asegura también que “fue consejero de las tribus y juez que resolvía las querellas”, aunque no oculta que no dudaba en abofetear a quien hablara mal de los españoles. El Subgobernador Ramos Izquierdo primero (1906) y después el Gobernador Barrera (a partir de 1910) sentaron las bases de la paz en territorio fang. Los miembros de esta etnia fueron esclavizados y enviados a la isla de Fernando Poo como braceros forzados. Barrera, según Nerín, protegía y admiraba a Arriola Bengoa, del que opinaba que era “uno de los hombres más probos, más honrados y más independientes de la colonia”. Pero cuando Barrera puso en marcha la “política de atracción” que consistía en “atraer sin conquistar”, Arriola Bengoa (a la sazón al frente de la Cámara Agraria) le respondió contundente que dicha política incruenta desprestigiaba a España y “ensoberbecía” a los indígenas. Era partidario de la mano dura: pensaba que sólo un desembarco militar en el Muni podía meter en cintura a aquella gente. Matizaba que las tropas “costarían mucho al presupuesto, pero harían patria, que es lo primero que hay que hacer si queremos que nos respeten”. Sus contemporáneos, no obstante, a menudo afirman que Arriola también era querido por los africanos, o al menos respetado, ya que se trataba de culturas guerreras que apreciaban por encima de todo el valor. “Su nombre suena más –aseguraba Martinez de la Escalera- y siempre bien en boca de pamues, vengas, bapukus, y combes, que los de los demás factores”. Emilio Borrajo Viñas, capitán de la marina, por su parte, en una conferencia para la Sociedad Geográfica de Madrid en 1902 aseguraba que “ha sabido el señor Bengoa asimilarse, en el tiempo que lleva desarrollando su cargo, al idioma y las costumbres de algunas tribus del continente, consiguiendo por su trato y buenas cualidades, rodearse de la estimación y respeto de los factores extranjeros y autoridades de la isla y el Continente”.


 



sábado, 13 de octubre de 2012

Brasil 2009: a través de la Amazonía.





En 2009 viajé por algunas zonas salvajes de Brasil con mis amigos Txefo y Josemi. Descendimos en barco por el Amazonas; cruzamos las carreteras transamazónica, Br 163 y transpantaneira; acampamos junto a los ríos Cuiabá y san Lorenzo en el Gran Pantanal. Después nos separamos; y yo me fui a recorrer las sierras de Ricardo Franco y Azul. Gran experiencia. 

VÍDEOS

Navegando el Amazonas

Almuerzo de hormigas en la sierra Azul

Paseo con caimanes

Explorando el pantanal

En la carretera transpantaneira