lunes, 10 de noviembre de 2014

El robot que se bañó en polvo de estrellas

Lo que definitivamente pone a la ciencia por delante de aquellos que se apoyan en el pensamiento mágico (chamanes, adivinos, telépatas, sacerdotes, brujos, tarotistas, médiums, etc.) es su dinamismo y su capacidad de evolución y avance. Me explico: la praxis del brujo no evoluciona; sus enseñanzas son las mismas a través de los milenios. Pero la ciencia es como un gran casteller donde los trabajos y conocimientos de cada generación no se pierden. Los hombres se aúpan sobre el conocimiento legado por los anteriores y así las horas de trabajo, esfuerzo y sacrificios se engranan hasta lograr lo impensable.

La Rosseta tras la estela del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko.


Y pocas veces se ha logrado un hito semejante a lo que se plantea para el proximo miércoles 12 de noviembre, cuando un ingenio diseñado por el homínido consciente tratará de posarse sobre un cometa en movimiento. Algo que cierra un ciclo que ha durado cinco siglos desde que Tycho Brahe demostrara en el siglo XVI que los cometas no son fenómenos atmosféricos sino cuerpos celestes extraterrestres. Si lo pensamos es pura poesía; desde que el hombre alzó las vista a los cielos añoró alcanzar los cuerpos celestes, pero, al mismo tiempo, los declaró inalcanzables; territorio de dioses y musas. Y los admiró por su belleza. Polvo de estrellas, cometas, chispeantes luces en el vacío...

Los expertos comparan la hazaña al aterrizaje sobre la Luna de 1969. La sonda Rosetta, que lleva viajando 10 años y se encuentra a 6.500 millones de kilómetros de la Tierra, se situará a las 9,35 horas sobre el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, al que acompaña ya en su viaje hacia el Sol. Cuando se encuentre a 22 kilómetros de la superficie de polvo y hielo del cuerpo celeste soltará al pequeño robot Philae, que tardará otra siete horas en fijarse sobre la superficie.

El Philae se desprende de la sonda Rosseta camino de su destino.


La complejidad técnica no tiene precedentes y habrá un momento en que el robot se lance ya sin control ni posibilidad de rectificar el rumbo, para después agarrase al hielo mediante unos camprones parecidos a los de cualquier montañero. Ni que decir tiene que durante todo el trayecto enviará información y obtendrá fotos e imágenes. Y de lograrlo, se habría conseguido romper otra barrera. La barrera de lo imposible tantas veces desechada y resituada gracias al tesón del hombre y al implacable instrumento científico.

Este miércoles yo estaré pendiente del Philae, ese pequeño ingenio que persigue el sueño de los poetas clásicos...¿Y vosotros?

domingo, 9 de noviembre de 2014

"Cuando se viaja en moto no hay barreras frente al paisaje, los elementos o la gente"


 Los moteros tienen algo. Les acompaña una suerte de aire romántico parecido al que tenían los antiguos jinetes, cada vez menos numerosos. Como ellos, se enfrentan a la adversidad de la meteorología y al peligro de las carreteras, pero también se zambullen de lleno en el ambiente, son absorbidos por el paisaje en todo su esplendor. Especie a parte son los viajeros en moto de largas distancias. Eso que llaman trail. Tipos que cabalgan sus "burras" por estepas y desiertos, cuyos huesos soportan extenuantes jornadas de baches y tormentas y cuya silueta se recorta en los más hostiles horizontes.

Luis García Martínez (Vitoria, 37 años)  pertenece a esta raza de jinetes de máquinas. Somos amigos desde hace más de veinte años y vivimos en el mismo barrio, así que hoy le entrevisto entre birras en la taberna que ambos frecuentamos a diario. Mientras las cervezas se acumulan, el relato que Luis hace de sus viajes motorizados nos transporta a ambos al mundo trepidante de su pasión viajera. Me relata con energía sus momentos buenos y malos, de amistad con los hospitalarios bereberes, y episodios de nervios con traficantes de droga y aquellos derivados de malas decisiones o planificación. Porque Luis, que ha firmado ya cuatro viajes de miles de kilómetros por Marruecos en moto, es todo pasión. Pura vida.

Luis saluda a un dromedario en el sur marroquí.


-¿De donde te viene esta pasión motera?

De tradición familiar. Mi padre es y ha sido siempre motero, lo mismo que mi hermano. Yo aprendí en la scooter familiar, luego -a los 16 años-  con la TZR80 y también con una Bultaco Sherpa en la finca familiar. Pero hoy en día viajo en una KTM 9-90 negra de maxitrail.

-¿Qué te llevó a saltar a los viajes largos?

Bueno, he tenido mis modelos (aquí hace un alto y charlamos largo y tendido sobre famosos viajeros en moto, como Miguel Silvestre, Ted Simmons, Charlie Boorman y Ewan Mac Gregor...), pero a decir verdad a la que más admiro es a Theresa Wallach, una mujer londinense que ganó la carrera Gold Star (premio de automovilismo) en 1939, que fue piloto en la Segunda Guerra Mundial, que se recorrió sola en moto toda Norteamérica y que, junto a Florence Blenkiron, otra gran piloto, realizó un increíble viaje a África en moto en la década de 1930. El viaje de estas mujeres tiene especial mérito porque rompieron barreras morales y porque para ellas, como chicas,  era más peligroso. También soy un admirador de Roberto Naveira y su programa radiofónico Mundoenmoto, además de algunos blogs especializados. Dicho todo esto te confieso que el verdadero empujón para viajar me lo dió mi hermano Jonathan.

El entrevistado disfrutando de la soledad de la costa de Marruecos.


-Fue él quien te empujó a ese primer viaje...

Efectivamente. Me enrolé en un viaje a Marruecos que montaban él y sus amigos. Éramos siete personas en dos todoterreno Toyota Land Cruiser y tres motos. Fue en 2011. Hicimos unos 6.000 kilómetros en diez días en un viaje circular yendo por el interior y regresando por la costa. Fue un viaje muy rápido. Y muy duro, porque las novatadas se pagan.

-¿A qué te refieres?

Fue físicamente muy duro. No controlaba bien la moto, porque me la acababa de comprar. Así que sufrí muchas caídas y un cansancio físico considerable. Además, no iba preparado para los elementos. En el Atlas, por ejemplo,  pasé el frío más intenso que he sentido nunca. No llevaba ropa, el saco de dormir era de verano, la moto no tenía cúpula para el viento y no llevaba manillares con puños calefactables. Es lo que tiene viajar en moto, que vas muy expuesto. Así que, por ejemplo, ponía las manos sobre el motor para calentarlas, te vas adaptando a lo que hay.

-¿Te cambió ese viaje la mentalidad?

Completamente. Fue mágico. La novedad, la visión de la inmensidad...El Erg Chebi, el Atlas medio...Como primer viaje tuvo un antes y un después, a pesar de los errores de planificación  normales en una primera experiencia. De todas maneras la experiencia nos unió para siempre a los que fuimos a aquel viaje. Porque los viajes unen. Mi hermano además hizo un vídeo y es algo que queda ahí. Por mi parte ya no he podido dejarlo. He hecho otro viaje cada año desde entonces.

El grupo del primer viaje reunido.


-Hablame de la diferencia entre ese primer viaje y los restantes.

Tras ese primero he vuelto en 2012, 2013 y 2014. Por ahora siempre a Marruecos que es un país que me encanta. Se trata de viajes circulares de 6.000-7.000 kilómetros. Ahora, además, los hago bajando en moto desde Vitoria. Soy más experiementado. Planifico mejor los viajes, qué llevar y qué no. Cómo dosificarme. Sé mucho más de mecánica, que es algo fundamental en un viaje largo (Luis, hay que decirlo, incluso ha diseñado ciertos sistemas para aumentar la autonomía de su moto). Además ahora manejo mejor la moto. Es algo que cuesta, pero llegas a ser uno con la máquina, la sientes. Por el ruido y demás, sabes lo que le pasa y cómo va. Además, ahora trato de viajar disfrutando más del ambiente y de la gente; que no sea algo tan rápido como en la primera ocasión.

-Aún con toda tu experiencia, te meterás en problemas de vez en cuando...

Es inevitable. Por ejemplo, una vez, pasado Erg Chebi, camino de Zagora, mi compañero y yo nos quedamos atascados en las dunas. Su moto BMW pesaba mucho y se quedaba clavada. A esto, como suele pasar, sucedió una concatenación de errores; no teníamos agua suficiente y además nos habíamos levantado demasiado tarde así que hacía mucho calor; como consecuencia me dió un mareo y me quedé incosnciente.


Para sentir la moto para Luis basta un pequeño paseo.


-¿En mitad de la nada?

Así es. Pero luego hubo suerte. Unos lugareños que apareciero por casuelaidad de no se sabe dónde me dieron el suficiente líquido para poder seguir, y seguimos; y después, -increíble...- va y aparece un albergue en pleno desierto. Así que pude echarme a dormir, estaba destrozado.

-¿Qué diferencia un viaje en moto de uno en coche?

Estás más expuesto a los elementos. Pero también a la gente. Cuando uno pasa en coche ni te miran. En moto se te acercan y no hay barreras entre ellos y tú. Te hablan y te relacionas. Es completamente distinto, tiene otro encanto. Nosotros tratamos siempre de relacionarnos a tope con las personas de las aldeas y las ciudades que visitamos. Y ese horizonte que tenvuelve por los 360º...

-Cuéntame una anécdota en este sentido...

Por ejemplo en las montañas de Chef Chauen, íbamos ateridos de frío en mitad de la niebla y un hombre se nos acerca con su coche y nos dice: "seguidme que si no, los coches que vienen de frente os van a arroyar". Le seguimos y hete aquí que aparece allí en medio de la montaña una mansión con un cochazo en su puerta. Nos invitó a entrar y su familia y él se portaron superbien con nosotros, invitándonos a té, leche, refrescos, yogurt, etc. Nos dijo que había vivido en Barcelona e insinuó que ahora le iba bien porque traficaba con hachís. Entiéndeme, con toneladas de hachís e incluso nos hizo entender que el paso de la frontera no planteaba dificultad porque "la cosa iba sóla".

-Vaya papelón, en casa de un traficante en mitad de la nada...

Pues sí. No te voy a negar que sentimos bastante inquietud por un momento. Pero la verdad es que cuando nos fuimos corrió detrás nuestro como una madre con una bolsa de barritas energéticas y petit suisse para que no pasáramos hambre en el camino...Son esas cosas que suceden en los viajes, al mismo tiempo surrealistas y al mismo tiempo tan humanas.

-Tras tanto viaje a Marruecos, ¿tienes nuevos planes?

Me gustaría recorrer Europa y el primer tramo de la Ruta de la Seda en un mismo viaje; y estoy en ello. Mientras tanto, hago muchas excursiones por aquí cerca que tienen también un enorme encanto. El caso es salir...



Luis con su sempiterna sonrisa en el momento de la entrevista.


Terminada la entrevista y ya con la segunda jarra de cerveza, Luis y yo recorremos mentalmente el mundo. Él me dice que, desde que empezó a viajar ha abierto una nueva ventana dentro de él a la que llama "instinto". Asegura que siente lo que antes no sentía. "Eso que tenemos embotado en nuestra cultura". Sentimiento que revalida ya desde que se pone a planificar el siguiente viaje. Ansía -asegura- una vida inspirada y plena que pasa por deshacerse de muchas cosas materiales que ya no le sirven y que no cree necesarias. "Para empezar voy a vender la casa", asegura. Yo siento envidia de su entusiasmo y su carácter positivo, algo muy útil en los viajes complicados. Luis es una de esas personas que suma en positivo, un buen compañero y un buen amigo...








jueves, 6 de noviembre de 2014

El médico siberiano y otras historias sobre autocirugía antártica...



La autocirugía es el acto de realizar un procedimiento quirúrgico en uno mismo. En determinadas ocasiones puede convertirse en una necesidad debido a unas condiciones extremas. Y no hay lugar en el mundo más extremo que el desierto helado de la Antártida. Atrapados en una racha de mal tiempo a veces sucede lo inesperado: que el propio médico es el que enferma, y sólo se tiene a sí mismo para la intervención.
 
Leonid I. Rógozov en el momento de operarse a sí mismo.

29 de abril de 1961
Amanece en la Antártida. La estación soviética de Novolazarevskaya, instalación de nuevo cuño levantada por la Sexta Expedición Antártica Soviética, se encuentra aislada debido a un intenso y persistente temporal. El fenómeno no es excepcional, así que los científicos de la base comienzan su rutina con toda tranquilidad. A media mañana, no obstante, el único médico del complejo, el joven (veintiséis años) Leonid Ivánovich Rógozov, se siente indispuesto. Sufre náuseas, mareos y dolores en la zona del abdomen. Se teme que se trate de apendicitis. Recurre a los analgésicos y decide esperar. “Después de todo –piensa- no puede hacerse mucho más”.

30 de abril de 1961
A media mañana, el doctor Rógozov ya no alberga dudas sobre la gravedad de su situación; el diagnóstico es inequívoco: peritonitis. Su estado de salud ha empeorado durante la noche. Sus opciones de supervivencia disminuyen minuto a minuto. Se ha comunicado por radio con Mirny, la base soviética más cercana, así como con las estaciones de investigación pertenecientes a otros países. Nadie puede ayudarle. En Novolazarevskaya no tienen aeronave; de todas maneras, las condiciones climáticas hacen imposible un rescate aerotransportado. La ruta terrestre es una utopía, pues Rógozov y su equipo están a más 3.000 kilómetros del lugar habitado más cercano. Aunque está aterrorizado, el médico apela a su condición de siberiano para parecer imperturbable. Con voz queda y aparentemente tranquila, conmina a sus compañeros a ayudarle a preparar el quirófano. Ha decidido recurrir a la autocirugía.

22.00 horas del mismo día
Todo está listo para operar. Rogózov –cuyo atuendo es un híbrido entre los que usan médicos y pacientes- yace sobre una camilla, en posición reclinada y algo escorado hacia el lado izquierdo. Como la situación es incómoda cuenta para asistirle con dos voluntarios, el conductor de tractores oruga y el meteorólogo. Los otros once integrantes de la misión se bastan para cumplir con las tareas rutinarias. Con un hondo suspiro, el médico da comienzo a la intervención; se inyecta en la pared abdominal una solución de novocaína. Se trata de un anestésico local. Sabe que es fundamental que el dolor no le impida continuar, pero, al mismo tiempo, necesita contar con sus facultades plenas. Llega el momento de la verdad. Rogózov tira de bisturí y se abre el abdomen. A continuación, con ayuda de sus asistentes, introduce la mano derecha en la herida de 12 centímetro en busca del apéndice inflamado. Con la izquierda sostiene un espejo para poder ver el desaguisado; el apéndice aparece y presenta una pequeña perforación en su base.
22:30 horas
La operación continúa, pero su ritmo se ralentiza. Rogózov suda y sufre nauseas. Sus compañeros le animan, pero no pueden evitar que cada vez se sienta más débil. “No hay motivo para correr” –piensa- y decide hacer una pausa. Será la primera de muchas.
00:00 horas
Rogózov termina la auto-operación; un rojo costurón es todo los que resta sobre su abdomen. Ya solo le queda esperar. El médico siberiano ruega para que no se desate una infección que lleve a una muerte por septicemia. A pesar de todo, se duerme. Está agotado y tiene fiebre, pero se siente imbuido de una extraña sensación de alivio y triunfo.
5 de mayo de 1961
La muerte ya no ronda Novolazarevskaya. La ventisca se ha abierto como una herida, para dejar paso a una suave penumbra anegada de vida y esperanza. Por primera vez, la temperatura de Rozógov ha vuelto a la normalidad. El siberiano decide levantarse de la cama que le ha acogido los últimos días; insiste en acercarse a una de las puertas. Quiere respirar aire. A pesar de las protestas, se lo permiten, no en vano él es el médico de la estación. Apenas por una rendija, se asoma, encara la inmensidad blanca. La luz leve y crepuscular le bendice y Rozógov juega con los recuerdos de su infancia en Dauriya, su aldea natal, un lugar de espacios abiertos entre China, Rusia y Mongolia. Piensa en momentos calmos de felicidad infantil; desde el interior alguien le apremia para que vuelva a la cama. Rozógov obedece y se ayuda de un compañero. Sonríe. Su mente juega como una nutria en un arroyo y se solaza en torno a un sentimiento nuevo y renovador: victoria.
El público de los países socialistas vibró con la historia de Rogózov, veinteañero siberiano especializado en Medicina General, con apenas un apresurado entrenamiento como cirujano, que se impone a la Parca gracias a un estoicismo proverbial y a un espíritu que los propagandistas del Partido Comunista no tardaron en aprovechar. Y así es como el hijo anónimo de un héroe de la Segunda Guerra Mundial (el padre de Rozógov murió combatiendo a los alemanes en 1943), un médico del montón, recibió la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, máxima condecoración civil del Bloque Oriental. Le imaginamos feliz el resto de su existencia. No obstante, no sabemos nada de su vida sentimental. Como profesional, Rozógov llegó a Jefe del Departamento de Cirugía del Instituto de Investigación de Neumología Tuberculosa de Leningrado/San Petersburgo. Pero la muerte no olvida a los hombres; con ella no hay victoria posible, solo treguas y aplazamientos. Así que, al fin, vino a buscar a este hombre rocoso y sereno. En aquella ocasión la triste dama se llamaba cáncer de pulmón. Sucedió un 21 de septiembre del 2000.

 
Jerri Lin Nielsen procede a hacerse la biopsia.

La historia de Rozógov pareció reeditarse en 1998. Sucedió en la Base Amundsen-Scott sita sobre el Polo Sur Geográfico. De nuevo, el invierno polar impedía toda ayuda. La única doctora de la estación, Jerri Nielsen, se notó un bulto en el pecho. Ante las sospechas de que se tratara de un tumor maligno (y tras consultar a especialistas vía e-mail), la médico se vio obligada a operarse a sí misma para obtener muestras susceptibles de análisis, cosa que hizo gracias a instrucciones de colegas suyos de EE.UU. enviadas, en tiempo real, mediante videoconferencia. El diagnóstico era acertado, pero Nielsen se mantuvo firme con una terquedad digna de una heroína. Descartado el imposible rescate, en julio, un C-141 sobrevoló la base en medio de la oscuridad y lanzó material sanitario por paracaídas. Gracias a los suministros, la doctora Nielsen pudo repetir la biopsia y, confirmado el diagnóstico, comenzar un tratamiento hormonal. Poco más podía hacerse hasta el mes de octubre, fecha en que termina el largo invierno meridional. La doctora americana aguantó hasta la primavera, momento en el que, meses antes de lo planeado, un avión Hércules aterrizó en el Polo Sur con grave riesgo y la llevó de regreso a su país para ser intervenida de urgencia.
El resto de su vida fue una pelea para ralentizar el anunciado deceso. A pesar de su heroísmo y esfuerzos, Jerri Nielsen murió debido a una metástasis cerebral en 2009. De su lucha en el Polo dejó un libro que se convirtió en superventas en su país: Ice bound: a doctor´s incredible story of survival at the south pole (publicado en España como La prisión de hielo).

Historias como las de Rogózov y Nielsen nos recuerdan que en nuestros días todavía existen “terrenos fronterizos” donde todo visitante es un pionero, y la más nimia eventualidad se puede tornar en una feroz lucha por la supervivencia. La Antártida, el Sexto Continente, es sin duda, el ejemplo más claro de territorio salvaje e inmisericorde que queda en el planeta. En sus planicies blancas, donde a menudo las temperaturas caen hasta los 60 ºC bajo cero, todavía se llevan a cabo gestas propias del más valeroso espíritu humano.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Alejandro Labaka, mito y misterio de un obispo que murió alanceado


El religioso vasco fue asesinado hace un cuarto de siglo por miembros de la tribu tagaeri a quienes intentó proteger. Sin embargo hoy quedan muchos cabos por atar. ¿por qué el helicóptero que le asistía lo abandonó en territorio hostil y no regresó hasta el día siguiente? Sus compañeros capuchinos señalan que su  muerte, llena de incógnitas y cabos sueltos, pudo deberse a una conspiración urdida por las petroleras

Alejandro e Inés junto al helicóptero que les llevaría hasta su muerte a manos de los tagaeri (fuente: capuchinos de Ecuador).



El 21 de julio de 2012 se cumplieron 25 años de la muerte, en las selvas amazónicas del Ecuador, del Obispo y hermano capuchino Alejandro Labaka Ugarte y de la monja Inés Arango, misionera terciaria de la misma orden. Nunca antes, ni siquiera en los turbulentos siglos de la conquista de América, un prelado había caído en primera línea, bajo las lanzas de un puñado de indígenas desnudos. Sucedió en 1987 en los bosques profundos del Oriente ecuatoriano, entre los ríos Cuchillacu y Tiguino en el corazón de lo que hoy es el Parque Nacional del Yasuní. Un helicóptero alquilado bajó a Labaka y su compañera a un claro donde se levantaba una choza perteneciente a los indios tagaeri. El vasco descendió primero y se despojó de las ropas. Inés guardó el pañuelo que cubría su cabeza y se quitó los zapatos. No había rastro de los indígenas y el helicóptero se alejó, prometiendo volver al poco rato. Pero no lo hizo. Regresó al día siguiente para toparse con una escena dantesca: Labaka y Arango han fracasado en su intento de hacer amistad con los tagaeri. El cadáver del primero yace recostado sobre un tronco, en mitad de un claro, con 84 lanzas y otros tantos orificios traspasándole el cuerpo. Lo que queda de Inés aparece después, junto a la cabaña, con 21 lanzas en su carne y una expresión de sufrimiento tal que su visión espeluzna a la tripulación de la aeronave. De los indios, ni rastro. ¿Qué pudo suceder? ¿Por qué el Obispo y la monja se empeñaron en contactar con una tribu tan hostil? ¿Por qué no regresó el helicóptero? Existen muchas incógnitas y algunos cabos sueltos en torno a la muerte de los misioneros.

Alejandro e Inés en pleno trabajo (fuente: capuchinos de Ecuador).


La última guerra india
El lugar donde murió Labaka se encuentra en el corazón de la Zona Intangible, o territorio reservado –desde 1999- por el Gobierno de Ecuador a los taromenane y tagaeri, dos clanes de la etnia huaorani que permanecen en aislamiento voluntario. En la práctica, por desgracia, la zona es violada de continuo por los empleados de las compañías petroleras y por madereros ilegales. Hay guerra bajo los árboles y, aunque los indígenas se han llevado la peor parte, de tanto en tanto salen de la espesura y asesinan a colonos inocentes.
Los orígenes del conflicto se remontan a los años 70, cuando, el empuje de las petroleras –que operan en Ecuador desde fines del siglo XIX- empezó a desplazar a los indígenas de sus territorios tradicionales. Estos respondieron con las lanzas, sólo para caer masacrados por las armas de fuego de los invasores. El mismísimo Tagae, el jefe que dio nombre al clan tagaeri, murió tiroteado por el cocinero de un pozo petrolífero. Para entonces Labaka ya era conocido entre los clanes huaorani contactados. Durante años se había dedicado a aprender a hablar, vestir, comer y vivir como ellos. Tras la matanza –en 1977- de tres obreros perpetrada por los “intangibles”, el vasco echó sobre sus hombros la responsabilidad de mediar entre las partes y restablecer la paz. Asistió y ayudó a los colonos pobres y defendió los derechos de los tagaeri frente a las compañías y gobierno ecuatoriano.

Cartel que precede a la Zona Intangible (foto del autor).


Muerte entre los árboles
Las muertes de Alejandro e Inés no fueron las últimas de esta guerra demencial. Los ataques de los tagaeri-taromenane se multiplican, sobretodo, en torno a las carreteras abiertas por las petroleras y en las riberas de dos ríos: el Cononaco Chico y el Cuchillacu. Cerca de la carretera conocida como Via Auca, Tepa, la nonagenaria  hermana del legendario Tagae me relata la matanza de leñadores sucedida junto al bloque Armadillo, en marzo de 2008. “Eran un grupo de hombres que serraban árboles de chuncho y cedro; llegaron de improviso y los cogieron desprevenidos. Uno de los hombres, José Castellanos, quedó alanceado como un alfiletero y murió al instante”. Tal y como nos aclara, este ataque respondió a otra matanza de indígenas perpetradas pocos meses antes por los colonos. La prohibición del Gobierno de entrar en la Zona Intangible es ignorada una y otra vez.

 
Pude entrevistar a Tepa, la hija de Tagae, el mítico jefe tagaeri (foto del autor).


El maderero José Castellanos fue atacado y muerto mientras trabajaba en territorio intangible (fuente: policía de Ecuador).


El río Cuchillacu
Tras diez días en la Zona Intangible, navego por el río Tiguino, escenario de la muerte de Monseñor e Inés Arango, pero no encuentro sino selva y soledad, y, de tanto en tanto, algún cazador huaorani solitario. Más abajo, en la comunidad Bonamo, ya en el rio Cononaco, me cuentan que ya no hay tagaeri en el lugar donde murió Labaka. Los responsables de su muerte escaparon por temor a represalias a las riberas del río Cuchillacu.  Les pido que me lleven en sus canoas a motor y me depositen al comienzo de ese río para poderlo descender en mi kayak, el “Tritón”. En un principio, se niegan con rotundidad, pues me explican que, debido a la estrechez de la corriente, en caso de ataque desde la orilla, sus largos esquifes a motor no pueden dar la vuelta con velocidad y escapar río abajo. Al final, tras ofrecerles el kayak a cambio, aceptan llevarme, aunque se  muestran nerviosos mientras remontamos el río, y me enumeran los nombres de varios leñadores que han sido asesinados allí.

El autor del reportaje en las cercanías del lugar donde murió Alejandro (foto del autor).


Asesinados por la comida
Por suerte, mi descenso del Cuchillacu, aunque resulta una experiencia turbadora y solitaria, termina felizmente. En la desembocadura me esperan Bartolo y Caiga Baihua, de la tribu huaorani, preocupados por mi seguridad. Opinan que Labaka fue una suerte de alucinado suicida y no pueden ocultar que no comprenden su afán por “molestar” a los tagaeri, pues “aquí no se le había perdido nada”. De la acción aculturadora de los misioneros opinan que “solo queremos que nos dejen vivir”. Su hermano Otobo cree que fue la comida que llevaba Alejandro lo que provocó la agresión. “Los tagaeri, como nos pasó a nosotros la primera vez que probamos la comida artificial, se sintieron indispuestos tras comer los víveres que traían Alejandro e Inés. Creyeron que les habían envenenado y los ancianos de la tribu los mataron con sus lanzas”, asegura.

Miembro de las comunidades huaorani del río Cononaco (foto del autor).


La historia de Omatuki
Sin embargo, la verdad sobre el final de Alejandro Labaka me la cuenta el Capuchino navarro (nació en Guembe aunque vive en Ecuador desde 1985) Txarly Azcona en el Vicariato Apostólico de la ciudad de Coca. “Supimos lo que les pasó a Alejandro y a Inés gracias a Omatuki, una niña tagaeri que fue capturada en 1993 por los huaorani del río Tiguino. Omatuki nos contó cómo su grupo mató al <<hombre gordo>> (Alejandro Labaka)”. Al parecer, Alejandro e Inés fueron recibidos amigablemente por las mujeres, pues los hombres estaban cazando. Cuando estos regresaron se precipitaron los acontecimientos. El jefe, un guerrero anciano, tras discutir con las mujeres, cogió a Alejandro del pelo y le atravesó con su lanza. Al instante le imitaron los demás”. Pero la peor parte se la llevó la pobre Inés, como asegura Txarly con un hilo de voz: “Alejandro murió con rapidez, pero Inés pudo verlo todo. Las mujeres la escondieron en una choza y la defendieron todo lo que pudieron, pero, al final, fue descubierta. La mató un guerrero joven introduciéndole una lanza en la vagina”. Terrible final para quienes buscaban la salvación del pueblo tagaeri.

Pescadores huaorani en el río Shiripuno.


Acción desesperada
Cuando le pregunto a Txarly sobre la razón y el empeño de Alejandro de “pacificar” a los indígenas, él me responde esclarecedor. “La gente piensa que Alejandro quería evangelizar a los tagaeri, que le movía un afán proselitista, pero se equivocan. El 17 de julio de 1987, pocos días antes de su muerte, en una reunión con los altos representantes de Petrobrás salió decidido a introducirse en el territorio de los intangibles. La razón la sabemos hoy: se había enterado de que un antropólogo contratado por las petroleras, comandaba un ejército destinado a echar a los indios de su territorio o borrarlos del mapa. Alejandro pensó que sería capaz de convencer a los tagaeri para que se mudaran pacíficamente. Pero fracasó”.

Alejandro con los huaorani (fuente: Capuchinos de Ecuador).


Una muerte sospechosa
Azcona, que me enseña una de las lanzas que mataron a Moseñor que guardan los capuchinos de Coca, también me traslada sus sospechas sobre la actitud de la tripulación del helicóptero que llevó a los misioneros, y que estaba a sueldo de las petroleras. “Según lo acordado debía volver una hora más tarde, pero –según aseguró el piloto- se perdió en la selva; nunca volvió, según la tripulación, porque tenían que <<atender otros recados>>”. No regresó hasta el día siguiente, con los resultados que conocemos. Pero –enfatiza el capuchino navarro- ¿quién se va a hacer encargos cuando ha dejado a dos personas en un campamento de indígenas hostiles?”. La información que nos traslada el misionero hace recaer terribles sospechas sobre las empresas dedicadas a la extracción del combustible fósil para quienes “Labaka era un estorbo. Muchos piensan que la tripulación del helicóptero estaba sobornada y que, de haber vuelto cuando prometieron, Alejandro e Inés seguirían vivos”.

El cadáver de Alejandro yace frente a una maloca tagaeri (fuente: capuchinos de Ecuador).



De la estirpe de Urdaneta
Como asegura el hermano Azcona, que le conoció, si en algo resaltaba Alejandro Labaka era en su humildad. “A pesar de su condición de obispo siempre encontraba tiempo para escuchar a todos, y lo hacía con gran atención y de tú a tú, fuera quien fuera”. Sin duda fue esta particularidad de su carácter la que le llevó a dejarse la vida luchando por los derechos de aquellos que no tienen voz. Para visitar a sus amigos, los indios huaorani -una de cuyas familias le adoptó como hijo- Alejandro se desnudaba y adoptaba todas sus costumbres. Debido a ello le pusieron el apelativo de “el misionero desnudo”.

Era un misionero clásico, muy vasco, de la estirpe de Urdaneta y Francisco Javier. Nació en 1920 en un caserío de Beizama, Guipúzcoa, en el seno de una familia de 11 miembros; se ordenó capuchino –bajo el nombre de Manuel de Beizama- siguiendo el ejemplo de su hermano Manuel.

Alejandro en Italia junto al padre Pío (fuente: capuchinos de Ecuador).


Misionero en China y Ecuador
Los primeros años de Alejandro en las filas de su congregación –que aprovechó para estudiar Filosofía y Teología- coincidieron con la Guerra Civil y La Segunda Guerra Mundial. Fueron años de tragedias terribles que convencieron al religioso de que su misión en la vida era ayudar en los lugares más recónditos  y expuestos. “Mi alegría sería inmensa si el Espíritu santo se dignase escogerme, mediante su Reverencia, para extender la Iglesia y salvar las almas en las misiones, que propiamente puedan considerarse como tales y, sobre todo, en países de más dificultad y donde más haya que sufrir”, le escribió a su superior. Sus deseos se vieron colmados cuando le enviaron a la misión capuchina avanzada en la región china de Kansu, donde cumplió su labor de 1947 a 1953. Desgraciadamente, con la llegada de la Revolución cultural de Mao, fue expulsado y, tras una breve estancia en casa, marchó para Ecuador. Allí no cejó hasta que le destinaron al destino más peligroso: la misión de Aguarico, en el Oriente. 

 
Cadáver de Alejandro Labaka, tal y como fue sacado de la selva (fuente: capuchinos de Ecuador).

Trabajo entre los aucas
Nombrado Prefecto Apostólico en 1965, participó en el Concilio Vaticano II donde defendió los derechos de las minorías étnicas en la constitución sobre la Iglesia en el mundo (circunstancia por la que algunos le han acusado de nacionalista vasco).  En esas fechas le escribe al Papa Pablo VI lo siguiente:  “Tengo en la prefectura tribus salvajes, conocidas con el nombre de Aucas, que matan a quienes entran en sus dominios y hacen también incursiones hacia las partes civilizadas, donde siembran el terror con sus muertes. Recién nombrado Prefecto Apostólico, he asistido por primera vez al sacrosanto concilio y he sentido muy fuerte en mi interior el mandato de Cristo de predicar a todas las gentes, especialmente a estos aucas”.  Después renunció a su cargo  para cumplir este mandato. En 1975 recibió el nombramiento de Obispo y pasó a residir en la remota aldea de Nuevo Rocafuerte, donde conoció a una esforzada monja Colombiana, conocedora del idioma auca, Inés Arango, que compartía sus ideales. Después llegó el martirio.




 Miguel Gutiérrez-Garitano

sábado, 1 de noviembre de 2014

Baluan Sholak, "El luchador sin dedos"


Escuché la historia del forzudo Baluan Sholak en los labios de un anciano uzbeko en mitad de la "Ruta de la seda".  Contaba que, desde el mar de Aral, hasta las riberas del Dniéper, desde el desierto de Kizyl Kum, hasta la cordillera de los Altaï, cuando los nómadas hablaban junto al fuego del campamento sobre hazañas de fuerza bruta siempre citaban a Baluan Sholak.

Fotografía de Sholak mostrando su fuerza.


Nacido en 1864 en el Kazajistán profundo en el seno de una familia pobre, la figura de Baluan Sholak se hizo famosa en la situación violenta y desdichada que le tocó vivir a su pueblo. Durante el siglo XIX, el Imperio Ruso se expandió a sangre y fuego a costa de los territorios asiáticos donde vivían fundamentalmente tribus de las estepas. Kazajistán, donde vivía el pueblo nómada turco de los kazajos, cayó ante el avance de un Imperio que arrasó las aldeas y diezmó a las tribus sin piedad. A la guerra siguió una transformación si precedentes para aquellas gentes. A partir de 1890 llegaron a Kazajistán unos 400.000 colonos rusos, alemanes y judíos que construyeron ciudades, ferrocarriles y carreteras.

La población local, ante el tremendo trauma derivado de la agresión, cayó en una suerte de estupefacción psicológica. Y es en ese contexto en que se engrandece la figura de Baluan Sholak. En realidad, el forzudo era el líder de una suerte de troupe itinerante de músicos y actores que opfrecían divertimento a los nómadas por todo el país. El propio Sholak era un fantástico cantor y tañedor de dombra (algunas de sus canciones son hoy patrimonio de Kazajistán) además de un diestro jinete de Dzhigit. Asombraba a propios y ajenos con sus diatribas de liderazgo, sus recitales poesía,  por sus asertos morales y discursos, etc. Pero si algo aupó su leyenda fue su tremenda fuerza (levantaba vacas y partía rocas con sus manos) y sus capacidades como luchador. Al llegar a un campamento o pueblo retaba a los aldeanos a un combate sin armas y según cuentan nunca fue vencido, ni siquiera por forzudos y luchadores famosos, que, envidiosos de su fama, le retaron.


Estatua que representa a Sholak con su dombra, en plena actuación.






La tradición asegura que sufrió un accidente de niño que le quemó los dedos. Por eso le apodaban "El luchador sin dedos", Baluan Sholak, el kazajo capaz de aupar una vaca sobre su espalda o, si me lo permiten, a todo un pueblo, que gracias a su ejemplo de ética, liderazgo y fortaleza supo salir de un momento de desesperanza y zozobra. 

Falleció en 1929. Hoy el palacio de deportes de Almatý, capital de Kazajistán, lleva su nombre.